La frase atribuida a Ayn Rand "puedes ignorar la realidad, pero no las consecuencias de ignorarla" opera como bisturí cuando se aplica a ciertos fenómenos sociales contemporáneos. Uno de ellos es la paradoja que viven muchas mujeres que, tras años de relaciones fallidas, aventuras casuales o vínculos sin compromiso, deciden en determinado punto de su vida buscar una pareja estable, seria y de calidad.
El problema surge cuando esa búsqueda choca con una realidad que nadie les explicó con suficiente claridad: el mercado de las relaciones, aunque nadie quiera llamarlo así, tiene sus propias leyes.
Comparar las relaciones humanas con un mercado incomoda, y esa incomodidad es precisamente una señal de que toca algo verdadero. En economía, el valor de un bien no lo determina únicamente quien lo vende, sino la intersección entre lo que el vendedor ofrece y lo que el comprador percibe que vale. Una mujer o un hombre, pues la lógica aplica en ambas direcciones, puede tener una autovaloración elevadísima, pero si el mercado no la valida, esa valoración queda suspendida en el aire, como un precio de etiqueta en un producto que nadie compra.
El problema no es subir el precio. El problema es subir el precio después de haber estado en oferta permanente, y esperar que los compradores de alta gama no lo recuerden, no lo noten, o simplemente no existan.
"Mujer con mucho kilómetro recorrido" no es un insulto; es una descripción funcional. El kilometraje en las relaciones implica experiencias acumuladas, y las experiencias, a diferencia de lo que predica el discurso autocomplaciente de redes sociales, no siempre suman. A veces restan. Restan confianza en el otro, restan capacidad de entrega, restan la frescura emocional que hace que una relación nueva pueda construirse sin los fantasmas de las anteriores.
Una mujer que ha tenido diez relaciones cortas, veinte vínculos sin etiqueta y treinta "él no me merecía" llega a los treinta y cinco años con una mochila emocional considerable. No imposible de cargar, pero considerable. Pretender que eso no influye en lo que puede ofrecer en una relación estable es, precisamente, ignorar la realidad.
Lo más revelador del fenómeno es la inversión lógica que produce. Durante los años de mayor capital biológico, social y emocional, la juventud, muchas mujeres eligieron libremente vínculos de baja exigencia, hombres que no ofrecían compromiso, relaciones que priorizaban la emoción sobre la solidez. Fue su elección, y en una sociedad libre, esa elección merece respeto.
Pero lo que no tiene lógica es que, agotado ese capital, se eleve súbitamente el estándar exigido al hombre. Que el mismo perfil masculino que antes fue rechazado por "aburrido", "demasiado serio" o "sin chispa", sea ahora el objetivo prioritario. Y que, además, se haga desde una posición de exigencia moral, como si fuera él quien debiera justificar por qué no se entrega sin condiciones a alguien que durante años nunca lo habría mirado.
Las consecuencias son frías y matemáticas. Los hombres de alta calidad, estables, maduros, con proyecto de vida, no son ingenuos. Observan. Evalúan. Y muchos, sencillamente, prefieren mujeres más jóvenes, con menos historia acumulada, o directamente optan por no comprometerse en absoluto. El resultado es una generación creciente de mujeres que a los cuarenta se preguntan dónde están los hombres buenos, sin conectar la pregunta con las decisiones tomadas a los veinticinco.
Ignorar que las decisiones tienen costos diferidos es uno de los errores más caros que puede cometer una persona. La juventud crea la ilusión de que el tiempo es infinito y que las opciones permanecerán disponibles indefinidamente. No es así. El tiempo es el único recurso absolutamente no renovable, y en el terreno de las relaciones, su paso reordena las cartas de manera silenciosa pero implacable.
Nada de esto implica que una mujer con experiencia no merezca amor, compromiso o una relación de calidad. Las merece, como cualquier ser humano. Pero merecerlas no garantiza obtenerlas, del mismo modo que merecer un trabajo no garantiza que alguien te lo ofrezca. La vida no opera sobre la base del merecimiento subjetivo, sino sobre la base de lo que uno puede ofrecer en el contexto específico en que se encuentra.
La honestidad radical, esa que duele pero libera, exige mirarse sin filtros, evaluar qué se tiene para dar realmente, y ajustar las expectativas no a la baja por resignación, sino a la realidad por inteligencia. Subir el precio es un derecho. Pero ignorar que el mercado también tiene memoria es, como diría Rand, una realidad que tarde o temprano presenta su factura.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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