Mi diario hoy


26 de abril de 2026

Querido diario,

Y aun así, salí a caminar hoy.

Cuánto tiempo sin verte, y sin embargo aquí estoy, como siempre vuelvo, porque hay cosas que solo tú puedes guardar sin juzgarlas, sin interrumpir, sin pedir explicaciones. Eres el único testigo fiel de todo lo que no puedo decirle al mundo.

La vida se ha dispersado en fragmentos que apenas reconozco como míos. Miro hacia atrás y los caminos que encuentro son oscuros, no por haber sido transitados de noche, sino porque hubo manos que los llenaron de piedras a propósito. Personas que eligieron hacer daño, que lo eligieron con frialdad y con intención, como si el sufrimiento ajeno fuera su única forma de sentirse vivos. Eso es lo que más pesa, no el daño en sí, sino saber que fue calculado, que alguien se despertó un día y decidió que yo era el destino de su maldad.

Pero el universo tiene memoria. El karma no es una palabra vacía ni un consuelo barato que uno se dice para sobrevivir los días difíciles. El karma es una fuerza que trabaja en silencio, con una paciencia que los seres humanos rara vez comprendemos. Aquellos que eligieron hacerme daño llevan ya su propia sentencia escrita, aunque todavía no la vean, aunque caminen creyendo que salieron victoriosos. La vida cobra sus deudas de maneras que ninguno de ellos anticipó, y lo hace con una precisión que no necesita de mi intervención ni de mi rabia. Solo necesita tiempo.

Moscú tiene algo que ningún recuerdo oscuro puede quitarme. Caminé por el Arbat esta mañana, esa calle vieja y llena de alma que parece existir fuera del tiempo, donde los adoquines guardan siglos de historias ajenas y hacen que la mía parezca, de alguna manera, menos pesada. Pasé frente a los edificios que se alzan solemnes y silenciosos, testigos de generaciones enteras que también cargaron sus propias heridas y siguieron andando. La claridad del día se extendía sobre los tejados dorados, sobre las cúpulas que brillan aunque el cielo esté nublado, como si esta ciudad se negara a apagarse.

Crucé hacia la Plaza Roja casi sin darme cuenta, como si mis pies supieran el camino mejor que mi mente. El Kremlin se erguía en la distancia con esa gravedad que te recuerda que el mundo existía antes de ti y existirá después. Hay algo liberador en eso. Mis heridas, enormes para mí, son una nota al margen en la historia de esta ciudad que ha sobrevivido guerras, inviernos y silencios mucho más profundos que los míos. Y sin embargo aquí está, imponente y luminosa.

Caminé después por las orillas del Moscova, donde el río avanza lento y oscuro como si también él cargara cosas que prefiere no nombrar. Me detuve un momento y pensé en todos los que me quisieron doblar. En los que apostaron a que me quedaría tirado en alguno de esos caminos oscuros que sembraron con tanto cuidado. Pensé en sus rostros y sentí algo extraño, no odio, sino una especie de calma distante. Porque el karma ya sabe sus nombres. Ya tiene su expediente abierto. Yo no necesito hacer nada más que seguir caminando.

Los recuerdos cobran vida propia en las esquinas de Moscú. En el cruce de una calle me asalta una imagen de algo que fui, en la fachada de un edificio se cuela una conversación que ya no existe, en el olor del viento frío aparece alguien que una vez importó. No todos esos recuerdos duelen igual. Algunos simplemente están ahí, como cicatrices que ya no sangran pero que te recuerdan que sobreviviste algo.

Quizás el abandono que siento hacia ti, diario, es también el abandono que a veces me hago a mí mismo. Dejó de escribir cuando más lo necesito, como si poner las palabras en papel hiciera más reales las cosas que prefiero dejar flotando en la neblina. Pero callar no sana. Solo aplaza.

La verdad de hoy es esta: sigo caminando por estas calles hermosas y frías, sigo siendo, sigo construyendo algo desde los escombros que otros quisieron dejarme como herencia. Y los que decidieron dañarme, tarde o temprano, se encontrarán frente a frente con lo que sembraron. El karma no olvida, no se distrae, no se cansa. Trabaja despacio, pero trabaja siempre.

Eso, hoy, me basta.

Hasta la próxima vez que necesite encontrarme aquí.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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