Praga, la ciudad que rumia en piedra


Por: Ricardo Abud 

Hay ciudades que existen en el mapa y ciudades que existen en el alma. Praga pertenece a esa segunda estirpe, a esa raza escasa de lugares que no se visitan sino que se reciben, como se recibe una revelación o una herida hermosa. Caminar por ella es entrar en el interior de un reloj antiguo: todo gira, todo encaja, todo tiene el propósito secreto de medir un tiempo que no es el nuestro.

Sus calles empedradas no conducen a ningún destino concreto. Conducen hacia adentro. No son caminos lisos, domesticados, rendidos a la comodidad del paso moderno: son frases, oraciones largas de basalto y granito que la ciudad lleva siglos pronunciando en voz baja, bajo la lluvia, bajo la nieve, bajo los pies de reyes y poetas y verdugos y enamorados que creyeron, cada uno a su turno, que Praga los había elegido a ellos en particular. Cada piedra es una vértebra de un espinazo antiquísimo que la ciudad curva y endereza según el humor de la niebla, y caminar sobre ellos es menos un acto de trÔnsito que un acto de escucha: hay que afinar el oído de las plantas de los pies para entender lo que la piedra lleva siglos queriendo decir.



Son irregulares con la misma dignidad con que es irregular la verdad: ofrecen tropiezos que son en realidad advertencias, desniveles que obligan al cuerpo a recordar que caminar sobre historia exige cierta humildad fĆ­sica. El empedrado de MalĆ” Strana, oscurecido por siglos de lluvia y pisadas, tiene el color exacto del tiempo cuando ya ha madurado del todo, ese gris profundo que no es tristeza sino sabidurĆ­a mineral acumulada sin prisa. Las piedras guardan ademĆ”s esa presión acumulada, el tacón de una condesa barroca, la bota de un soldado que ya no existe, la sandalia de un peregrino que buscaba algo que no sabĆ­a nombrar,  y la devuelven como un temblor suave al que camina sobre ellas con la suficiente quietud.

Y sobre esas calles, los castillos rumian. Rumian como solo rumia lo que ha devorado demasiado y necesita siglos para digerirlo. Hradčany no corona la colina: el ancla. Es el contrapeso que impide que Praga salga flotando hacia algĆŗn cielo centroeuropeo, arrastrada por su propio peso de leyendas. Sus torres góticas no apuntan al cielo con arrogancia: lo interrogan, con la paciencia obsesiva de quien ha estado haciendo la misma pregunta durante novecientos aƱos y ha aprendido a amar la pregunta mĆ”s que la respuesta. Vista desde el puente, en la hora en que la luz del atardecer la dora con esa precisión cruel que solo sabe el sol de otoƱo, la fortaleza parece menos una construcción humana que una formación geológica con pretensiones góticas, algo que la tierra empujó hacia arriba en un momento de orgullo y que luego decidió no reclamar.



Las piedras de sus murallas guardan el calor de manos que ya no existen. Cada grieta es una fecha que nadie anotó, cada bloque de arenisca un testigo mudo de algo que ocurrió una sola vez y que la piedra no ha terminado de procesar. Así mastican los castillos de Praga: despacio, con la mandíbula lenta y poderosa de lo que no tiene prisa porque el tiempo, para ellos, es la materia prima y no el enemigo. Dentro de sus muros el tiempo no transcurre: fermenta.

El Puente de Carlos es la columna vertebral visible de la ciudad. El Moldava pasa por debajo con la indiferencia majestuosa de quien ha visto caer imperios y sabe que el agua siempre sobrevive a la piedra, aunque aquí, extrañamente, la piedra parece haberle ganado la partida. Sobre él, las estatuas de los santos se inclinan ligeramente hacia el río como lectores obstinados sobre un texto que no acaba, y el río les devuelve su reflejo roto, ondulado, como diciéndoles que toda permanencia es también una forma de ilusión muy bien ejecutada. San Juan Nepomuceno lleva en su zócalo el brillo negro de mil manos que lo han tocado pidiendo fortuna o amor o solo el consuelo de rozar algo que ha durado.



Kafka nació aquí, y eso no es un accidente. Solo una ciudad que ha dominado el arte de ser laberíntica sin perder la belleza podía producir a un hombre para quien el absurdo era la arquitectura mÔs honesta de la existencia. Sus callejones del MalÔ Strana se tuercen y se estrechan como dudas, y en ellos el viajero aprende a perderse con método, a confundir el extravío con el descubrimiento, que es quizÔs la lección mÔs valiosa que una ciudad puede dar.



En el Barrio Judío, el antiguo cementerio apila sus lÔpidas como pensamientos que se interrumpen unos a otros, capas de muerte y de memoria superpuestas porque el suelo era escaso y el duelo no. Allí la historia no es metÔfora: es geología. Cada generación enterrada sobre la anterior, hasta que el propio suelo se convierte en archivo, en argumento, en poema vertical que solo puede leerse desde abajo.



La Plaza de la Ciudad Vieja es el corazón que late cada hora en punto. El reloj astronómico, con su procesión de apóstoles y su calavera que balancea el reloj de arena, no estÔ midiendo el tiempo: estÔ riéndose de él. Es el recordatorio mÔs elegante que existe de que las horas pasan con una puntualidad que no distingue entre lo importante y lo trivial, entre el rey y el mendigo, entre el amor que empieza y el amor que ya terminó hace rato y aún no lo sabe.



Praga huele a piedra mojada y a cerveza y a algo mÔs difícil de nombrar: el olor del pasado que no ha acabado de serlo. Al final, no se abandona. Se lleva. Queda adherida a la memoria como quedan las cosas que nos han cambiado sin pedirnos permiso: en esa zona imprecisa entre lo que vimos y lo que soñamos, entre lo que tocamos y lo que simplemente nos atravesó.

Praga es la ciudad donde el pasado no yace. Permanece de pie, con los ojos abiertos, rumiando, luminosa y antigua e imposiblemente real, como una piedra que late.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y mƔs allƔ. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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