Cinco años sin ti


Por: Ricardo Abud 

El tiempo no cura. Esa es quizás la primera mentira que aprendemos a desmantelar cuando perdemos a alguien que era parte del tejido de todo. El tiempo simplemente pasa, y nosotros aprendemos a movernos dentro de ese paso sin que duela menos, sino de manera distinta. 

Cinco años sin mamá no son cinco años de duelo superado; son cinco años de aprender a vivir en un mundo que ya no tiene su centro.

La ausencia de una madre no es un hueco uniforme. Es una fractura que cada hijo carga de forma diferente, desde su propio lugar en la vida, desde su propia manera de haber amado y de haberse dejado amar. Uno la extraña en las mañanas, otro en las decisiones difíciles, otro en las celebraciones que se sienten incompletas aunque la mesa esté llena. No hay una sola manera de extrañarla porque tampoco hubo una sola manera de tenerla: ella era distinta con cada uno, y esa particularidad es también lo que se pierde.

Pero lo más pesado no es loo que te extrañamos, y eso es algo que quienes han perdido a su madre entienden con una claridad que duele. Lo más pesado es la certeza de que ya no está. No para nadie. Que el mundo de los vivos ya no la contiene, que no hay un lugar al que ir a buscarla, que sus manos, su voz, su forma de mirar, pertenecen ahora solo a la memoria. Esa conciencia no es egoísta. Es amor en su estado más puro, el amor que duele precisamente porque fue real, porque fue enseñado con el ejemplo, porque fue dado sin condición.

Hay madres que enseñan a amar con palabras. Hay otras que lo hacen con la manera en que viven, en que tratan a los demás, en que sostienen a su familia no como obligación sino como vocación. Cuando ese amor es parte de lo que uno aprendió a ser, perderla no es solo perder a una persona, es quedarse sin el espejo donde se formó la propia idea del amor. Y sin embargo, ahí está la raro y  hermosa del buen amor: que aunque quien lo enseñó ya no esté, lo enseñado permanece. Vive en la forma en que sus hijos se tratan entre sí, en la manera en que cuidan a los suyos, en los gestos heredados que aparecen sin avisar.

Los recuerdos no son un consuelo menor. Son, en realidad, la forma más duradera de presencia que existe. Ella llegó a sus vidas y las llenó, y ese llenado no se vacía con la muerte. Permanece en lo que cada uno construyó a su lado, en lo que aprendió, en lo que se llevó sin saber que algún día sería todo lo que quedaría. Cinco años después, esos recuerdos ya no son solo recuerdos: son carácter, son valores, son la manera en que se ama en esa familia.

Cinco años sin su presencia es mucho tiempo y no es nada. Es suficiente para entender que la vida continúa, y es insuficiente para acostumbrarse a que ella no esté en ella. La ausencia no tiene fecha de vencimiento, y tampoco debería tenerla. Porque el amor que la originó tampoco la tiene. Extrañarla es, en el fondo, la única manera que tiene el amor de persistir cuando ya no queda más nada que dar.

Te amamos mama. 

 Y eso, al final, ya no es tu carga.

Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
 Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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