Por: Ricardo Abud
Crítica de cine conyugal: Por qué soy el villano favorito de mi ex
—Compadre, ¿y por qué terminaste con tu ex?
—¿Quieres la versión mía o la de ella?
—La de ella.
—Excelente elección. Hasta yo mismo la escuché y me arreche conmigo mismo.
Resulta que, mientras yo pensaba que nuestra relación había naufragado por la simple y aburrida falta de compatibilidad, mi ex estaba construyendo una superproducción de Hollywood en la que yo ocupaba el rol estelar de antagonista absoluto. Según su narrativa, mi existencia no era la de un simple mortal, sino la de una mezcla entre villano de telenovela, agente secreto internacional y desastre natural con cédula. Al parecer, yo no llegaba tarde; yo ejecutaba "operaciones de retardo estratégico" para maximizar su sufrimiento. No olvidaba fechas; realizaba experimentos científicos sobre la fragilidad de la memoria humana. Cada vez que decía un simple "Buenas tardes", ella lo interpretaba como el preludio de una conspiración que llevaba meses gestándose.
La calidad de producción era tal, que un día escuché su versión completa y terminé tan convencido que casi me llamo a mí mismo para pedirme disculpas. Por momentos pensaba: “Qué sinvergüenza ese tipo”. Después recordaba que el tipo era yo.
En este guion de alta factura, los puntos clave son dignos de una premiación. Me acusaba de controlador porque una vez le pregunté si había comido, lo cual, al parecer, es "vigilancia emocional constante". Me reclamaba que no la escuchaba, a pesar de que me lo dijo tres veces en el mismo día y las tres veces asentí, ignorando que la escucha eficiente es un pilar de la comunicación moderna. También me tildaba de inmaduro, pasando por alto que tengo mis listas de reproducción archivadas por décadas, una clara muestra de curaduría cultural. Y el clímax de su novela era que yo la hacía sentir sola estando juntos, lo que sugiere que simplemente he dominado el arte del silencio y ella no supo apreciar mi estoicismo en la sala de estar.
Lo más fascinante de este despliegue de genialidad narrativa es descubrir que vivo en una mansión de mis propios errores que ni siquiera sabía que había construido. A veces me quedo mirando al vacío, esperando que aparezca la siguiente entrega, porque honestamente, el nivel de detalle que le imprime a mis fechorías me hace sentir un genio del mal incomprendido. Es un honor ser el único hombre capaz de sabotear la paz mundial desde el sofá, simplemente por haber olvidado dónde dejé las llaves o por mirar el teléfono con una frecuencia que ella califica como "análisis de tráfico de datos enemigos".
Incluso me pregunto si no debería cobrarle derechos de autor por mi imagen, ya que he sido el motor creativo de sus mejores tertulias de café. Probablemente, si el gremio de guionistas la fichara, la industria del cine se ahorraría millones en efectos especiales, porque ella es capaz de transformar un simple "tenemos que hablar" en la declaración de guerra más épica desde la caída del Imperio Romano. Mientras ella sigue puliendo el libreto, yo me conformo con seguir siendo ese villano de caricatura que, contra todo pronóstico, conserva la cordura y el control remoto.
La realidad es que terminamos porque ya no funcionábamos juntos, pero esa verdad es aburrida, vende menos que un paraguas en el desierto y carece de efectos especiales. La versión de ella, en cambio, tiene drama psicológico, giros de guion inesperados y posiblemente dragones, odio y mucha arrechera. Todavía me sorprende la narrativa; si algún día escribe un libro sobre nuestra relación, yo compro el primero, no para apoyarla, sino para averiguar qué fue exactamente lo que hice, porque cada vez que la escucho descubro capítulos nuevos que ni yo mismo sabía que había protagonizado.
Al fin y al cabo, uno no puede perderse el estreno de una película donde resulta ser el villano principal y ni siquiera sabía que estaba actuando. Al menos, el personaje que describió suena a alguien que dormía muy bien de noche. Y ese, mal que bien, era yo
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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