A Aisha, en sus Quince Primaveras


Por: tu abuelito que te ama

Los quince años no son solo una fecha en el calendario; son ese umbral místico donde el tiempo se detiene un instante para permitirnos observar cómo la oruga despliega, casi sin avisar, unas alas que ya no conocían fronteras. 

Hoy, al mirar a mi Aisha, mi niña adorada, siento que el aire se llena de esa extraña mezcla de alegría y nostalgia que solo los abuelos, guardianes de la memoria y el amor incondicional, podemos comprender.

Tu existencia ha sido un cruce de mundos, un viaje constante entre la distancia que marcan los aviones y la cercanía inquebrantable de los corazones que se aman. Veo en ti esa fuerza que crece "desaforadamente", como si la vida misma tuviera prisa por mostrarte los horizontes que te aguardan. Es una valentía que me asombra y me enternece; una ausencia de miedo que, aunque me recuerda que ya no soy el único héroe de tus cuentos, me llena de un orgullo infinito.

Confieso, mi niña, que a veces lucho contra los espejos de la memoria. El tiempo, ese arquitecto silencioso, intenta llevarse los ecos de tus juegos infantiles y la inocencia de tus cantos de antaño. Se me escapan los detalles, se me pierden entre la bruma del ayer, pero basta con un destello de tu risa actual una risa distinta, madura, cargada de nuevos suspiros y sueños  para que mis defensas se rindan. Y aunque la nostalgia me visite sin pedir permiso, entendí que no es una batalla perdida, sino la forma en que mi mente celebra el privilegio de haberte visto florecer.

Hoy, tu camino comienza a trazar su propia geografía. Ya no soy yo quien marca el paso, sino tú, que con la seguridad de quien posee el futuro, escribes tu propia historia. Desde aquí, desde esta distancia que se vuelve pequeña ante el inmenso cariño que te profeso, sigo tus huellas. Soy esa luz que, a veces recorriendo penumbras, busca acompañarte en tu destino, deseándote siempre la plenitud de la vida.

Aisha, mi amada nieta, que el mundo sepa que fuiste mi alegría desde el primer suspiro que diste. Mi amor por ti no conoce fin ni medida; es una promesa tallada en el centro de mi pecho. Mientras mi corazón encuentre fuerzas para latir, mi orgullo por ti será mi bandera, y mi título de abuelo será el regalo más sagrado que la vida me haya concedido.

Felices quince años, mi niña consentida. Que el universo te devuelva, multiplicada, toda la luz que has traído a mi existencia.

Te amooooo hasta el infinito y mas allaaaaaaaa

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