Mi diairo hoy, Martes 07 de Julio


Querido diario
Martes 07 de Julio
Hasta cuando sufre el venezolano

Siguen pasando los días y el dolor permanece intacto, como una herida que se niega a cerrar. Cada amanecer trae consigo el peso de las mismas imágenes, escenas de una tristeza imposible de explicar, capaces de quebrar hasta el alma más fuerte. 

Pensar que familias enteras fueron borradas por la tragedia y que otras quedaron reducidas a un solo sobreviviente resulta insoportable. Ninguna palabra alcanza para abrazar tanto vacío.

Durante un tiempo dejé de llorar. O quizá aprendí a esconder las lágrimas por vergüenza, procurando que nadie descubriera cuánto me dolía, las rupturas duelen. Hoy ya no me importa. Si las lágrimas encuentran el camino, las dejo caer. Tal vez sean la única forma que tiene el corazón de recordarme que aún sigue latiendo, aunque lo haga entre el cansancio y la desesperanza.

También descubro que el tiempo termina enseñando costumbres que jamás imaginé aprender. He aprendido a dormir con los ojos abiertos y a bañarme en menos de tres minutos. He aprendido a permanecer en alerta incluso cuando todo parece en silencio, a cargar con el peso de los días sin hacer demasiado ruido. Lo que todavía no consigo aprender es dónde descansar cuando el alma se rinde. Hay noches en las que el cansancio no busca una cama, sino un lugar donde dejar de resistir por un instante; un refugio invisible donde el corazón pueda bajar la guardia sin miedo a romperse un poco más.

Sin embargo, el llanto no logra calmar esta ansiedad que me consume. Continúan esas ganas de desaparecer entre desconocidos, de perderme en un lugar donde nadie pregunte, donde el silencio sea suficiente y el peso de la tristeza no tenga que justificarse. No sé cuánto más debemos sufrir los venezolanos. No sé qué destino nos espera cuando parece que cada prueba supera a la anterior. No se que podria superar este terremoto. 

La pregunta que no me la saco de encima es cuánto le toca sufrir a un venezolano, ya perdí las ganas de mirar el reloj. No sé qué viene después. Mientras más escribo, más duele. Cada palabra abre una puerta que creía cerrada. Las letras son cuchillitas chicas que se van quedando. Ganas de correr, de salir sin rumbo, de cerrar la puerta con llave y no volver. Siento deseos de correr sin mirar atrás, de buscar un rincón donde el alma encuentre el calor que tanto extraña, donde el cansancio deje de sentirse tan inmenso y el miedo pierda, aunque sea por un instante, la costumbre de acompañarme.

Ignoro cuánto tiempo tendrá que pasar para que esta ansiedad y este miedo se marchen, si es que algún día deciden hacerlo. Ya no tengo fuerzas para hablar de pérdidas, de nombres conocidos o de historias que terminan demasiado pronto. Todo parece repetirse con una crueldad que no concede descanso.

Solo quiero mirar al cielo. Contemplar su inmensidad hasta sentir que el ruido del mundo se desvanece, imaginando que, en algún lugar más allá de las nubes, el dolor deja de existir y la eternidad se parece, al menos por un instante, a la paz que tanto anhelo. Un abrazo. 

Solo quiero mirar al cielo un rato largo, sin que nadie me pida nada, sin tener que explicar por qué estoy triste, sin tener que sonreír para que otros estén tranquilos. Empujar el vuelo de mi pecho hacia esa eternidad que parece estar esperándome arriba. A veces pienso que si me soltara del todo, si dejara de fingir que estoy entero, alguien vendría a abrazarme. Pero la casa está vacía. Y el cielo, por mucho que lo mire, no baja.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

Publicar un comentario

0 Comentarios