Querido diario
Concierto de emociones
La tierra tembló primero bajo los pies, luego dentro del pecho. Venezuela entera se sacudió con esa violencia sorda que solo la naturaleza sabe ejecutar sin pedir permiso, dejando grietas no solo en las paredes sino en el aire mismo, en la forma en que la gente se mira, en cómo de repente todos los brazos se vuelven necesarios y ninguna mano sobra.
El temblor no paró en un día; siguió, como suelen seguir las cosas que duelen de verdad, en oleadas, recordándonos que el suelo que creíamos firme nunca fue una promesa.
La tierra decidió hablar con una voz que nadie quería escuchar. Sus entrañas se estremecieron y, con cada sacudida, fueron cayendo no solo paredes y caminos, sino también la falsa sensación de que todo permanecería intacto. Venezuela amaneció cubierta por un manto de polvo, incertidumbre y silencios que aún hoy siguen temblando bajo nuestros pies.
Y en medio del polvo y del miedo, algo hermoso y algo terrible se revelaron al mismo tiempo.
Hermoso: la solidaridad, ese instinto antiguo que convierte a los extraños en hermanos cuando el techo cae. Entre las grietas brotó lo más noble del alma de muchos. La gente corrió hacia el otro, no lejos de él. Se tendieron manos sin preguntar apellidos; manos desconocidas se convirtieron en refugio, abrazos improvisados sostuvieron corazones al borde del colapso y la solidaridad recordó que, incluso cuando la naturaleza parece olvidarse de la compasión, los hermanos pueden convertirse en hogar. Venezuela, tan golpeada ya por tantas otras tormentas, encontró todavía reservas de amor que repartir.
Terrible: la miseria humana, esa otra que no necesita terremoto para salir, solo una grieta pequeña por donde colarse. Donde florece la luz, también se dibujan sombras incapaces de esconder su verdadera forma.
Entre las grietas brotó lo más innoble del alma de muchos. Descubrí que preocuparse profundamente por alguien, desafiar las propias limitaciones para encontrar una respuesta ese amor que no calcula ni descansa, que golpeó todas las puertas posibles solo para saber que estabas bien, puede conducir únicamente hasta una puerta trasera. Una entrada silenciosa, reservada para quien no merece mirar de frente, donde las preguntas se estrellan contra muros de indiferencia, los gritos se consumen antes de alcanzar un oído y la verdad vive de visita, mientras la mentira tiene llave propia.
Hubo quien, desde la distancia, fabricó su propio sismo particular. A veces, las compañías no apartan a una persona de los demás; consiguen algo mucho más triste: la alejan de sí misma, hasta hacerle olvidar el lenguaje con el que alguna vez habló el corazón. Paradójicamente, quien hizo posible ese instante de conexión entendió más el significado de la cercanía que quien estaba al otro lado de la puerta.
Horas después, cuando el eco de la angustia ya había desgastado el alma, apareció un mensaje. Solo horas después. Como si el tiempo no hubiera pesado. Como si la espera no hubiera tenido nombre. No llevaba alivio; llevaba el perfume inconfundible de una mentira que había encontrado tiempo suficiente para vestirse de verdad.
Comprendí entonces que no era digno de entrar por la puerta principal. Eso quedó dicho sin decirse, que es la forma más cruel de decir las cosas. Hay puertas que nunca estuvieron destinadas a abrirse de frente, porque quien permite que alguien llegue únicamente por el camino oculto ya tomó una decisión mucho antes de pronunciar una sola palabra.
Y fue allí, en medio de un país que luchaba por levantarse de los escombros, donde otro derrumbe ocurrió sin hacer ruido. No cayó una ciudad; cayó una ilusión. El amor, que había resistido la distancia, la incertidumbre y el miedo, terminó sepultado bajo los restos de una confianza que jamás volvió a respirar. El amor miró hacia adentro, se reconoció a sí mismo y se vio convertido en otra cosa. No en indiferencia, que al menos es neutra.
Al final entendí que incluso después del terremoto más feroz, la tierra deja de temblar, el odio y el resentimiento no, menos aun en nombre de la fe. Lo que no siempre encuentra calma es el corazón cuando descubre que el desastre más profundo nunca vino de la naturaleza, sino de las decisiones que permiten que las voces ajenas hablen más alto que la propia conciencia, o de las manos a las que alguna vez decidió confiar su paz. Y cuando eso ocurre, el amor no desaparece de golpe; se transforma lentamente, hasta que el último latido de la decepción le cambia el nombre por uno mucho más frío: asco. Ese asco limpio y honesto que aparece cuando alguien comprende, de golpe y sin regreso, que estuvo entregando oro por una puerta que nunca estuvo destinada para el.
La tierra sigue temblando afuera.
Adentro, por fin, todo quedó quieto.

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