Venezuela Partida en Dos: Entre el Polvo y la Redención


Por: Ricardo Abud 

Venezuela volvió a detenerse. No por decisión propia, sino porque la tierra, en cuestión de segundos, nos recordó una verdad que pasamos la vida intentando ignorar: somos profundamente frágiles.

Un movimiento de la naturaleza fue suficiente para que miles de corazones latieran al mismo ritmo. El miedo no preguntó por ideologías, por posiciones económicas, por diferencias personales ni por viejas heridas. Solo nos hizo comprender que todos estuvimos a un instante de convertirnos en un recuerdo. Algunos no regresarán jamás a los brazos de quienes los esperaban. Otros despertarán mañana sin el hogar que construyeron durante años. Muchos tendrán que recoger los pedazos de sus pertenencias, mientras intentan recoger también los de su alma.

Y es entonces cuando uno entiende que todo aquello que creemos poseer, en realidad, solo nos ha sido prestado. Una casa puede caer. Un automóvil puede desaparecer. Los ahorros pueden perderse. Los objetos que durante años protegimos con tanto celo pueden quedarse sepultados bajo los escombros o simplemente perderse en el camino hacia la eternidad. Nada material tiene la capacidad de vencer al tiempo ni a la fuerza de la naturaleza.

Y, como tantas veces a lo largo de nuestra historia, apareció el verdadero rostro del venezolano. No esperó órdenes ni cámaras; salió a la calle con el corazón por delante. Quien tenía agua la compartió. Quien tenía un plato de comida lo dividió en dos. Quien no tenía más que sus propias manos las convirtió en la herramienta más valiosa para remover escombros, abrir caminos y buscar vidas entre el polvo. Porque el gentilicio venezolano no solo identifica un lugar de nacimiento; también representa una forma de resistir, de levantarse y de extender la mano incluso cuando esa misma mano también necesita ser sostenida. Esa solidaridad infinita, que nace en los momentos más oscuros, demuestra que la mayor riqueza de Venezuela nunca ha estado en lo que posee, sino en la nobleza de su gente. Cuando todo parece derrumbarse, el venezolano vuelve a recordarle al mundo que aún es posible reconstruir la esperanza con esfuerzo, compasión y un amor inmenso por los suyos.

Sin embargo, existe algo que sí deja una huella imborrable: la manera en que tratamos a los demás mientras tuvimos la oportunidad.

En momentos como estos, una llamada vale más que cualquier riqueza. Un mensaje preguntando "¿estás bien?" puede convertirse en el abrazo que la distancia impide dar. Una preocupación sincera tiene un valor que ningún bien material podrá igualar.

Por eso resulta tan difícil comprender que, incluso cuando la vida nos enfrenta a su rostro más incierto, todavía haya quienes prefieran abrazar el orgullo antes que la compasión. Como si responder con indiferencia fuera una victoria. Como si la arrogancia pudiera protegernos de la muerte. Como si el ego tuviera algún sentido cuando la tierra acaba de demostrarnos que, en cualquier segundo, todo puede terminar.

Qué pequeño se vuelve el resentimiento cuando uno entiende que pudo haber sido la última oportunidad de demostrar afecto. Qué insignificantes parecen las discusiones cuando la posibilidad de una despedida definitiva estuvo tan cerca. Y qué triste es descubrir que algunas personas siguen creyendo que tener la razón es más importante que tener humanidad.

Las tragedias no solo derrumban edificios; también derrumban máscaras. Nos muestran quién conserva la capacidad de amar incluso después del dolor y quién ha permitido que el orgullo ocupe el lugar donde antes habitaba el corazón.

Hoy Venezuela llora por quienes partieron, abraza a quienes lo perdieron todo y acompaña a quienes intentan comenzar de nuevo entre ruinas. Pero también debería mirarse al espejo y recordar que ninguna reconstrucción será completa si no empieza por nuestros sentimientos.

Porque la verdadera grandeza nunca estará en demostrar quién puede ignorar más, quién puede herir con el silencio o quién puede sostener por más tiempo una batalla de egos. La verdadera grandeza está en preguntar por la vida del otro, aun cuando el pasado haya dejado cicatrices. Está en tender la mano sin esperar nada a cambio. Está en comprender que ningún orgullo merece convertirse en la última palabra que quede entre dos personas.

Después de todo, cuando la tierra deja de temblar y el silencio vuelve a apoderarse de las calles, solo permanece una certeza: nadie recordará cuánto teníamos, pero sí cómo hicimos sentir a quienes compartieron un pedazo de su vida con nosotros.

Venezuela duele hoy con una profundidad difícil de nombrar. Duele por los que no lograron salir, por los que hoy duermen bajo cielos abiertos donde antes había paredes, por los que limpian en silencio lo que tardaron años en construir. Pero también duele por otra clase de pérdida, más silenciosa y más evitable: la de los puentes que pudieron tenderse y no se tendieron, la de las palabras de alivio que existieron pero se callaron, la de los corazones que tuvieron la oportunidad de abrirse y eligieron seguir cerrados.

La tierra habló. La pregunta es si quienes deberían escuchar, escucharon.

Ojalá esta tragedia no solo deje lecciones sobre construcciones y prevención. Ojalá también derrumbe los muros invisibles que levantan el orgullo, la soberbia y el resentimiento. Porque el día que entendamos que una vida vale infinitamente más que cualquier diferencia, ese día habremos aprendido la lección más importante que un terremoto pudo enseñarnos.


 Y eso, al final, ya no es tu carga.

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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