Por: Ricardo Abud
Algunas despedidas no hacen ruido. Se marchan en silencio, cierran la puerta con delicadeza y dejan la habitación llena de ecos. Desde afuera, todo parece seguir en su sitio; por dentro, el paisaje ya no se reconoce. Los días continúan avanzando, pero el reloj aprende a caminar más despacio cuando carga con el peso de una ausencia.
La fortaleza suele ser una armadura brillante. Convince a los demás e incluso a quien la lleva puesta. Sin embargo, basta un abrazo que ya no llega, una conversación que terminó antes de tiempo o un futuro que dejó de escribirse para descubrir que el acero también puede agrietarse. Ningún corazón nace de granito; simplemente aprende a esconder sus fracturas bajo una apariencia de calma.
Reconstruirse es un oficio extraño. Se recogen pedazos que ya no encajan igual, se intenta levantar una casa sobre los cimientos de otra que alguna vez pareció eterna. A veces se avanza un paso. Otras veces, un recuerdo sopla como el viento sobre las cenizas y obliga a empezar de nuevo. La cicatriz quiere cerrar, pero la memoria insiste en tocarla para comprobar que todavía duele.
Después llegan esos días en los que el dolor deja de pertenecer únicamente a uno mismo. La realidad se encarga de recordar que el mundo también conoce el lenguaje de las pérdidas. De pronto, las lágrimas personales encuentran su reflejo en rostros desconocidos, en hogares convertidos en silencio y en vidas partidas por un destino que jamás pidió permiso. Entonces el alma descubre que puede sostener más de una tristeza al mismo tiempo, y el peso termina doblando hasta las rodillas más firmes.
Frente a ese escenario, las heridas íntimas dejan de competir entre sí. Comprenden que el sufrimiento no se mide; simplemente habita. Cada quien carga una cruz con una forma distinta, aunque todas tengan el mismo origen: aquello que un día estuvo y, sin aviso, dejó de estar.
Quizá la mayor lección del amor no aparezca mientras dos personas caminan de la mano, sino cuando deben aprender a seguir senderos diferentes. Porque amar también significa aceptar que no todo lo sembrado florece en el jardín que imaginamos. Algunas semillas estaban destinadas a convertirse en bosque... pero lejos de nosotros.
Y si estas palabras encuentran unos ojos que alguna vez prometieron quedarse, tal vez comprendan que ciertas despedidas no terminan cuando se pronuncian. Permanecen respirando en los lugares más inesperados, transformando a quien las sobrevive. No por falta de voluntad para olvidar, sino porque ciertas historias dejan de pertenecer al tiempo y pasan a formar parte de la identidad.
Al final, la vida no siempre pregunta si estamos listos para perder. Simplemente cambia el paisaje. Lo único que queda es decidir si las ruinas serán el final del camino o el lugar donde, algún día, vuelva a levantarse una casa distinta. Porque incluso después de la noche más larga, la luz nunca regresa para encontrar a la misma persona que se quedó esperándola.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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