Por: Ricardo Abud
Creí que era fuerte. Me lo repetí tanto que casi me lo creí del todo. Me construí por dentro una arquitectura de concreto, paredes sin ventanas, techos sin grietas, y durante mucho tiempo esa estructura aguantó.
Pero ella encontró la manera de entrar, como el agua que no rompe la roca de un golpe sino que la va tallando despacio, con paciencia, con ternura, hasta que la forma de esa roca ya no es la misma y nunca más volverá a serlo.
Cuando se fue, descubrí que debajo del concreto siempre hubo carne. Que mi corazón no era piedra volcánica sino territorio vivo, con raíces y con nervios, con memoria táctil y con hambre de presencia. Y duele. Dios mío que duele. No como un golpe seco que se localiza y se trata. Duele como una marea que sube y baja sin horario fijo, que te encuentra a veces en mitad del desayuno, a veces en el silencio de las tres de la mañana, a veces cuando una canción decide traicionarte sin aviso.
Algunos puentes se construyen con años de pasos lentos, de madrugadas compartidas, de silencios que no necesitaban llenarse con palabras. Y cuando uno de esos puentes colapsa, no lo hace con estruendo. Lo hace despacio, de noche, mientras uno duerme creyendo que la estructura todavía aguantaba. Sanar una herida así no es cerrarla. Es aprender a habitarla. A veces uno siente que ya casi respira diferente, que los pulmones se van acostumbrando al aire sin cierta presencia, que el cuerpo empieza a recordar cómo moverse solo.
Estaba aprendiendo a hacer exactamente eso. Dando pasos pequeños, torpes, honestos. Empezaba a creer que recomponerme era posible, que el cuerpo tiene una inteligencia propia aunque la mente todavía dude. Y entonces Venezuela me recordó que el dolor no espera turno, que la tragedia no pide permiso ni escoge horario.
Porque mi tierra también está sangrando. Familias enteras que en un abrir y cerrar de ojos perdieron lo que tardaron toda una vida en levantar. Ausencias que nadie pidió y que nadie merece. Una herida colectiva que se derrama sobre las heridas individuales sin preguntar si ya había demasiado peso. El alma no vive en una burbuja: es porosa, y lo que le ocurre a la tierra que la rodea la sacude desde adentro. Ver tanto dolor ajeno cuando el propio todavía no cierra es como intentar sostener dos ríos con las manos al mismo tiempo.
Hoy estoy llorando, la tristeza es total. Estoy en shock. Y a veces no sé cómo sostener tanto. No sé en qué hombros apoyar todo esto cuando los míos ya tiemblan. Hay momentos en que el pecho se siente tan lleno de peso que respirar parece un esfuerzo consciente, casi un acto de voluntad. Momentos en que uno quisiera apagar el mundo por unas horas, no para huir, sino para descansar de tanto sentir. Porque sentir tanto, tan hondo, tan sin descanso, agota de una manera que las palabras no terminan de explicar. Y sin embargo, aquí estoy. Todavía sintiendo. Lo cual, aunque ahora mismo duela como nunca, significa que todavía estoy vivo por dentro.
Pero sigo aquí. Respirando. Aunque sea con dificultad.
El corazón que creí de piedra resultó ser de algo más complicado y más valioso: de materia que se rompe y que sin embargo no desaparece. Que llora hoy y mañana intenta de nuevo. Que siente el dolor ajeno porque todavía tiene capacidad de sentir, y eso, aunque ahora duela, es prueba de que sigue vivo. Lo que se rompió no volverá a ser lo mismo. Ni el amor que se fue, ni la tierra que tembló, ni el hombre que existía antes de que todo eso ocurriera. Pero reconfigurarse no es traición a lo que fue. Es la única forma honesta de seguir siendo.
No sé cuándo termina esto. No voy a mentirme con fechas ni con promesas fáciles. Solo sé que el mismo viento que derriba, si uno aprende a no pelearle, también va secando poco a poco las hojas mojadas.
Y yo todavía estoy de pie.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

0 Comentarios