Ayer el mundo se volvió un lugar más frío y sombrío al recibir la noticia de tu partida. Fue un golpe seco al corazón; de repente, el presente se detuvo y los recuerdos, cual marea indomable, comenzaron a inundar mi alma, nublando mi vista hasta que las lágrimas, inevitables, se convirtieron en el único lenguaje posible para expresar tanto dolor.
Pablovskaya no era solo un lugar; era nuestro refugio, el epicentro donde convergían nuestras historias. Para muchos soviéticos, aquello era un muro impenetrable, un espacio ajeno, pero para nosotros, los extranjeros que llegamos de tantos rincones del mundo, era nuestro hogar. Allí, bajo la sombra vigilante del Komsomol, cuyas reglas marcaban el ritmo de nuestras vidas, nosotros creamos un universo propio. Éramos jóvenes, estábamos lejos de casa, y fue en ese crisol donde nos convertimos en familia.
Y ahí estabas tú, mi querida Taniuska. Cómo olvidar esa mirada, a veces perdida en pensamientos que solo tú comprendías, y esa risa entrañable, tan tierna como la caricia de la luz de la luna en una noche de calma. Eras amable con la suavidad de un mar limpio y cálido, alguien que transmitía una paz espiritual difícil de hallar. Te recordaré siempre pausada al hablar, pero nerviosa y valiente ante el descaro, siempre fiel a tu esencia.
Me aterra, lo confieso, el paso del tiempo. Sé que los días venideros irán erosionando los contornos de mis recuerdos; ya siento cómo se evaporan las imágenes, cómo confundo las palabras y el vacío, ese enemigo silencioso, se hace cada vez más presente. Siento que nado en las profundidades del olvido, tratando de aferrarme a lo que queda. Pero hay cosas, Taniuska, que el tiempo no se atreve a tocar: tu honestidad, esa lealtad inquebrantable que exhibiste como un estandarte incluso ante las adversidades más crueles. Esos valores son mi ancla.
Sin embargo, te confieso algo desde lo más profundo de mi agotamiento: me siento cansado, profundamente cansado de tantas despedidas. Se ha vuelto un ciclo interminable de adioses que van desgastando mis fuerzas, y me pregunto, con una melancolía que no me deja dormir, quién estará allí para despedirme a mí cuando llegue mi hora. A veces, ante este cansancio del alma, el deseo de irme, de cerrar este ciclo de una vez por todas, se vuelve una presencia constante; no es miedo a vivir, es simplemente el peso de ver partir a quienes llenaban de sentido este camino.
Hoy, ante la tristeza insondable de tu ausencia física, me consuela aunque sea un consuelo desgarrador imaginar tu llegada a ese paraíso del que tanto se habla pero que nadie conoce. Estoy seguro de que, al cruzar el umbral, ya te esperaban los nuestros: Álvaro, Washington, Abraham, Sacha... todos los miembros de nuestro patok que decidieron emprender el viaje antes que tú. Te confieso, con una desesperación que no sabe de eufemismos, que a veces cuento los días. No es que desee partir, no se trata de rendirse ante la vida, sino de un anhelo profundo por reencontrarme con ustedes, de recuperar esa felicidad pura que definimos como los mejores años de nuestra existencia.
Es el deseo imposible de retroceder el tiempo, el motor que nos mueve a querer acelerar lo inevitable para volver a montar nuestro patok, nuestro refugio, donde quiera que el destino nos permita coincidir nuevamente. Hay tanta incertidumbre en este plano y tan poco margen para seguir soñando, que he aprendido, a base de golpes y lecciones amargas cuidando mis palabras ante este mundo tan dado a las condenas públicas, que ya no quiero soñar aquí. Tú me entiendes mejor que nadie. Hoy, desde la inmensidad del cielo, sé que dominas el espacio terrenal y que nos observas con esa misma ternura.
Taniuska, te pido un último favor: saluda a los nuestros de mi parte. Imagino que te habrán recibido con la alegría del reencuentro y te habrán guiado por esos parajes donde la eternidad es sinónimo de paz, donde el sufrimiento, por fin, se ha disipado. Siento una curiosidad inmensa por saber hacia dónde nos conduce esa luz al final del túnel de la que tantos hablan. Solo espero que los ángeles hayan escoltado tu viaje con delicadeza.
No te diré el típico "te recordaré por siempre", porque mi mente ya me está traicionando y las palabras se me escapan. Lo que sí te pido, con toda la humildad de mi corazón, es que mantengas viva nuestra memoria desde allá, para que mi cordura se aferre a lo que fuimos hasta que llegue el día de nuestro abrazo final.
Paz a tu alma, mi querida amiga. Nos vemos en mis recuerdos, esos que espero, contra toda lógica, se resistan a extinguirse y sigan custodiando, contra el tiempo y contra el olvido, lo mejor y lo peor de nuestra maravillosa vida compartida.
Nota: Si, tranquila no publicare una foto tuya, ya eso estaba acordado...

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