Por: Ricardo Abud
Momentos que no regresan, pero dejan una huella tan profunda que el alma los guarda como si fueran eternos. Recuerdo aquel dĆa en la iglesia, cuando mis pensamientos se encontraban dispersos, buscĆ”ndose entre el eco de una voz que hablaba de fe, propósito y renovación.
No fue una conversación larga, pero sĆ suficiente para encender algo dentro de mĆ, una llama serena que comenzó a iluminar zonas de mi vida que permanecĆan en penumbra. ComprendĆ entonces que las palabras tienen el poder de mover cimientos invisibles, que a veces basta una verdad pronunciada con amor para que el espĆritu despierte.
Hoy, desde MoscĆŗ, el recuerdo de ese instante aĆŗn respira dentro de mĆ. Esta ciudad, tan distinta y distante, se ha convertido en el escenario donde mi transformación florece. Mientras la nieve desciende en silencio, siento que cubre no solo las calles y los techos, sino tambiĆ©n las heridas antiguas. Hay algo purificador en este invierno: me recuerda que incluso lo mĆ”s frĆo puede ser bello cuando existe fuego dentro del alma. En medio de este paisaje blanco y vasto, descubro que la fe no depende del lugar en el que uno se encuentre, sino de la voz interior que se niega a apagarse.
He aprendido que el verdadero templo no se construye con piedras ni maderas, sino con la fuerza de los pensamientos que elegimos conservar. Cada dĆa levanto nuevos muros de esperanza, techos de palabras sinceras, ventanas abiertas al perdón. En ellos se reflejan los recuerdos que deseo mantener vivos: la sonrisa que me sostuvo cuando todo parecĆa perdido, el abrazo que llegó justo a tiempo, esa mirada que me enseñó que Dios habita en cada gesto de amor.
Las sombras tambiĆ©n llegan, claro estĆ”, pero ya no las temo. Les doy la bienvenida como maestras breves que me recuerdan lo que no quiero volver a ser. He aprendido a agradecer incluso los momentos grises, porque sin ellos no entenderĆa la profundidad de la luz. Mi templo interior no busca ser perfecto; busca ser verdadero. AllĆ conviven las risas y las cicatrices, los silencios y las plegarias, cada uno ocupando su lugar como piezas que completan mi historia.
Hay dĆas en los que cierro los ojos y camino por ese espacio interior. Siento el eco de mis pasos sobre un suelo hecho de fe, y en cada rincón percibo la presencia de algo mayor que me sostiene. No escucho coros ni campanas, sino la voz suave del espĆritu que susurra promesas antiguas: “Sigue construyendo, sigue creyendo, sigue amando”. Y entonces comprendo que la obra jamĆ”s termina, porque el alma es un templo en perpetua expansión.
Hoy vivo desde la gratitud. He dejado atrĆ”s lo que me restaba vida, lo que entristecĆa mi corazón, lo que no me acercaba a lo divino. ElegĆ llenar los espacios vacĆos con alegrĆa, con compasión, con pequeƱos actos de bondad que son ladrillos de oro en esta arquitectura espiritual. Cada amanecer en MoscĆŗ me recuerda que incluso en medio de la distancia, la presencia divina sigue obrando. Nada estĆ” lejos para quien habita en la fe: Dios viaja dentro de nosotros, respira en nuestra esperanza y reposa en la certeza de que todo tiene sentido.
Y asĆ, dĆa tras dĆa, sigo edificando este templo que llevo dentro. No necesita puertas, porque todo lo que entra en Ć©l llega por amor. No necesita altares, porque la vida misma es oración. Cada pensamiento bueno es una lĆ”mpara encendida, cada gesto amable una ofrenda, cada recuerdo sanado un canto silencioso al cielo. Este templo no tiene fin ni fronteras; se levanta en cada jornada y se renueva con cada latido. Y cuando las noches se vuelven largas y el frĆo quiere avanzar, recurro a esa certeza interior: el propósito hallado es mi fuego, y mi alma entera es su morada.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y mƔs allƔ. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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