Regreso


Por: Ricardo Abud 

Las despedidas no siempre llegan haciendo ruido. Algunas entran en la vida como una marea silenciosa que, sin anunciarse, comienza a retirar el agua de la orilla. Durante un tiempo nadie lo nota. La arena sigue húmeda, las huellas permanecen visibles y el horizonte parece intacto. Sin embargo, en algún punto, el mar ya ha tomado la decisión de alejarse.

Por eso resulta tan profunda aquella frase atribuida a Mario Benedetti: «Tenías mil razones para quedarte y solo te bastó un motivo para irte». Más allá de la exactitud de su origen, la idea contiene una verdad que atraviesa el corazón humano. Cuando una persona desea permanecer, convierte los obstáculos en senderos. Aprende a caminar bajo la lluvia, a soportar las tormentas y a encender pequeñas lámparas cuando la oscuridad se instala en la casa compartida. Quien ama de verdad no busca la salida en cada desacuerdo; busca la puerta que permita regresar al entendimiento.

En cambio, cuando el alma ya ha comenzado a empacar sus maletas, cualquier argumento parece suficiente. La razón expuesta termina siendo apenas la última hoja de un árbol que llevaba meses secándose por dentro. No fue aquella hoja la que derribó el árbol. La caída había comenzado mucho antes, en raíces invisibles que dejaron de alimentarse de esperanza.

El amor tiene algo de faro. Permanece encendido incluso cuando los barcos desaparecen en la niebla. No porque ignore la distancia, sino porque comprende que algunas travesías necesitan perderse para descubrir su verdadero rumbo. Muchas personas parten convencidas de que encontrarán en otros puertos la paz que no supieron construir en el suyo. Navegan siguiendo estrellas ajenas, persiguiendo horizontes que se alejan a medida que avanzan. Y solo después de recorrer océanos enteros descubren que aquello que buscaban no estaba escondido en tierras desconocidas, sino en la profundidad de las aguas que abandonaron.

La ausencia también enseña. Tiene la severidad de los inviernos y la sabiduría de los relojes. Con el paso del tiempo revela dónde valía la pena sembrar y dónde la tierra nunca estuvo preparada para recibir semillas. Enseña cuáles puertas merecían ser golpeadas una vez más y cuáles jamás habrían sido abiertas, por más insistencia que existiera. Comprender esto no produce amargura; produce serenidad. Porque llega un momento en que el corazón deja de perseguir sombras y aprende a distinguir entre los caminos que conducen al encuentro y aquellos que terminan inevitablemente en el cansancio.

Quien se fue también emprende un aprendizaje. La distancia suele convertirse en un espejo gigantesco donde aparecen reflejadas las certezas y los errores. Desde lejos se observan detalles que antes permanecían ocultos. Se comprende el valor de una voz cotidiana, de una compañía constante, de un refugio que parecía ordinario hasta que dejó de existir. A veces es precisamente la partida la que enseña dónde debíamos quedarnos y dónde nunca debimos insistir en permanecer.

Por eso el amor maduro no construye cárceles. Los sentimientos más nobles no atan, no exigen, no encadenan. Son como las ventanas abiertas de una casa iluminada. Permiten la salida sin cerrar la posibilidad del regreso. Porque amar no significa retener a toda costa; significa conservar intacta la capacidad de recibir.

Y si algún día esa persona decide volver, encontrará que el afecto no se convirtió en ruina. Tal vez el tiempo haya cambiado algunas paredes y renovado algunos paisajes interiores, pero la puerta seguirá reconociendo sus pasos. No habrá reproches aguardando detrás de las cortinas ni cuentas pendientes acumuladas sobre la mesa. Habrá comprensión. Habrá memoria. Habrá un espacio donde pueda sentarse y contar lo que aprendió durante su viaje.

Porque algunas ausencias no terminan demostrando quién tenía razón. Terminan revelando dónde pertenecía cada corazón. Y si la distancia le enseñó a alguien el lugar donde debía quedarse y los lugares donde ya no debía intentar forzar su presencia, entonces el dolor no habrá sido inútil. Habrá cumplido su misión secreta: transformar la pérdida en conocimiento y la nostalgia en sabiduría.

El amor verdadero se parece a una luz encendida en una ventana durante la noche. No persigue a quien se marcha ni corre detrás de quien eligió otro camino. Simplemente permanece allí, sereno y firme, recordando que algunos regresos nacen cuando el viajero comprende, después de atravesar innumerables caminos, que el hogar nunca dejó de esperarlo.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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