Vietnam



Por: Ricardo Abud 

Mi viaje por Vietnam no fue un simple recorrido geográfico, sino una inmersión profunda en un país de contrastes sobrecogedores, donde la historia más cruda, la naturaleza más mística y la energía desbordante del futuro se entrelazan de una forma que resulta imposible de olvidar. 


Recorrer esta nación desde el norte señorial hasta el sur indomable me permitió entender la fascinante dualidad de un pueblo que ha sabido sanar sus heridas para abrazar la modernidad sin perder un solo ápice de su identidad ancestral. Desde el primer instante, quedó claro que la verdadera esencia del viaje residía en esa capacidad única de Vietnam para transitar entre el caos urbano más electrizante y la paz más absoluta de sus paisajes sagrados.

Establecer el punto de partida en Hanói fue el acierto que me permitió entender el alma tradicional del país. La capital se mueve a un ritmo propio, donde el Barrio Antiguo se despliega como un laberinto de callejuelas temáticas que conservan el encanto de la arquitectura colonial francesa y los templos centenarios con olor a incienso. 

Hospedarme en el corazón de esta dinámica urbana me sumergió en una rutina fascinante, donde el día comienza temprano con el aroma del pho caliente flotando en el aire y el murmullo de miles de motocicletas que fluyen por las avenidas como un río coreografiado. La amabilidad de su gente, con su orgullo por las tradiciones y su disposición para guiarte entre el bullicio con una sonrisa tranquila, se convirtió en el preludio perfecto para lo que vendría después.

El viaje dio un giro hacia la contemplación pura al adentrarme en las aguas de la Bahía de Halong. Navegar por la Bahía de Halong fue, sin lugar a dudas, el momento en que el viaje se transformó en una experiencia mística, un punto de inflexión donde el ruido del mundo pareció detenerse por completo. Dejar atrás el asfalto y el bullicio de las ciudades para adentrarse en este santuario de agua y roca es como cruzar una frontera hacia un tiempo antiguo, donde la naturaleza dicta sus propias leyes y el paisaje parece pintado a mano por una divinidad.

El recorrido comenzó al ver cómo la silueta de la costa se desvanecía y, en su lugar, empezaban a emerger de las aguas color esmeralda miles de majestuosos islotes de piedra caliza. Estas formaciones kársticas, cubiertas de una densa vegetación tropical y esculpidas por el viento y el agua durante millones de años, se levantan imponentes como gigantes dormidos que custodian el golfo de Tonkín. Navegar en un barco tradicional entre estos laberintos de roca, cuevas ocultas y lagunas interiores genera una sensación de pequeñez y asombro constante, donde cada giro de la embarcación revela una postal aún más impresionante que la anterior.

La verdadera magia de Halong se revela cuando empieza a caer la tarde. Ver el atardecer desde la cubierta, con el sol tiñendo el cielo de matices violetas y dorados mientras se oculta detrás de los peñones, es un espectáculo que roza lo irreal. A medida que la noche avanza, una neblina suave y misteriosa suele envolver las islas, y el silencio se vuelve absoluto, interrumpido únicamente por el leve balanceo del agua contra el casco del barco. 

Pasar la noche flotando en medio de ese escenario, lejos de las luces de la civilización y bajo un manto de estrellas, ofrece una paz sobrecogedora que contrasta de manera hermosa con la energía eléctrica de Hanói o Ciudad Ho Chi Minh. Es un rincón del planeta donde el tiempo se congela, recordándote que la mayor belleza de Vietnam no solo está en la vibrante vida de sus calles, sino también en la majestuosidad silenciosa de sus paisajes sagrados.

Al descender hacia el sur, el viaje me conectó de frente con la historia en los icónicos Túneles de Cu Chi. Recorrer este inmenso laberinto subterráneo, excavado a mano y utilizado durante la guerra, fue una experiencia sobrecogedora que me permitió palpar de cerca la resiliencia, la astucia y la inquebrantable fuerza del pueblo vietnamita. Entrar en esos estrechos pasajes ocultos bajo la selva te eriza la piel y te llena de un profundo respeto por una generación que sobrevivió a lo impensable, transformando un escenario de dolor en un testimonio vivo de dignidad y superación que hoy comparten con el mundo sin rencores.

Finalmente, Ciudad Ho Chi Minh me recibió con el pulso acelerado de una megaciudad que nunca duerme. El antiguo Saigón es un torbellino de luces de neón, rascacielos vanguardistas y una juventud vibrante que impulsa al país hacia adelante. Cuando el sol se oculta, la vida nocturna de esta metrópolis despierta con una intensidad que desafía el calor tropical. 

La rumba y el encuentro social aquí tienen una mística muy particular que va desde la vibración ruidosa y democrática de la calle Bui Vien, donde miles de locales y viajeros se sientan en pequeños taburetes de plástico a compartir cervezas frías en plena acera, hasta los sofisticados bares en las azoteas del Distrito 1, donde los DJs mezclan beats modernos con vistas panorámicas a un horizonte iluminado. Perderse en sus discotecas, lounges y mercados nocturnos es entender que en Vietnam la noche es una celebración de la vida, un espacio donde la música une a desconocidos y el amanecer siempre te encuentra con la certeza de haber descubierto un rincón del mundo verdaderamente mágico.





 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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