Querido diario
Humildad y Solidaridad
Hoy no quiero suavizar las palabras ni esconderlas detrás de metáforas cómodas. Lo que se percibe en el escenario político de Venezuela es una sensación profunda de subordinación, de pérdida de autonomía real en las decisiones que deberían nacer del interés exclusivo de la nación.
Se habla de soberanía, pero en la práctica muchos sienten que el país se ha ido encadenando a dinámicas e intereses de potencias extranjeras, donde las alianzas dejan de ser cooperación y se convierten en dependencia, donde el discurso de independencia convive con acuerdos que comprometen la libertad de decisión interna.
Es difícil no notar cómo la política exterior e interna parece muchas veces alineada más con la supervivencia del poder que con el bienestar del pueblo. Y en ese proceso, la moral pública se desgasta. No porque falten palabras en los discursos, sino porque sobra distancia entre lo que se dice y lo que se vive. La historia, que no tiene prisa pero tampoco olvida, terminará evaluando cada decisión, cada silencio, cada concesión hecha en nombre de la estabilidad.
Lo más duro de observar no es solo la tensión política, sino la normalización de lo inaceptable. La pérdida progresiva de la vergüenza institucional, esa delgada línea que separa el ejercicio del poder del abuso del mismo. Cuando esa línea se borra, el juicio moral no necesita tribunales: se instala en la conciencia colectiva, en la conversación cotidiana del pueblo, en la mirada de quienes sienten que algo esencial se ha roto.
Y sin embargo, diario mío, incluso en ese panorama áspero, el país no se reduce a sus gobernantes. Hay una Venezuela que no firma acuerdos ni pronuncia discursos, pero que sostiene todo lo demás. Una Venezuela que resiste no por obediencia, sino por necesidad y por amor a la vida. Esa es la gran contradicción: arriba, decisiones frías, estratégicas, calculadas; abajo, un pueblo que sigue apostando por la calidez humana como única forma de sobrevivir al desgaste.
A veces pienso que el verdadero juicio moral ya está ocurriendo, no en el futuro, sino ahora mismo, en silencio, en la conciencia de cada ciudadano que compara lo que debería ser con lo que es. Y ese juicio no necesita ser anunciado. Se siente.
Aun así, me aferro a una idea que no quiero soltar: ningún ciclo político es eterno, pero la dignidad de un pueblo sí puede sobrevivir a muchos de ellos.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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