SALMO 31, El refugio en medio del derrumbe


Por: Ricardo Abud

Hay momentos en la vida en que el ser humano siente que el suelo bajo sus pies desaparece. El Salmo 31 nace precisamente desde ese lugar: el corazón de alguien que lo ha perdido casi todo ,la confianza de los que le rodeaban, su propia fortaleza física, su reputación, y que, sin embargo, no abandona la única ancla que le queda: su relación con Dios.

El salmista abre con una declaración que es, al mismo tiempo, una súplica y una confesión de fe: "En ti, Señor, me refugio; no sea yo avergonzado jamás." No dice que ya está a salvo. Dice que ha escogido dónde refugiarse. Hay una diferencia enorme entre ambas cosas. Refugiarse no es sinónimo de haber escapado del peligro; es decidir, conscientemente, hacia dónde correr cuando el peligro arrecia. Este salmo es el retrato de alguien que corre, que está exhausto, pero que sabe la dirección.

Lo que hace tan humano y cercano a este texto es su brutal honestidad emocional. A medida que avanza, el salmista describe su estado con palabras que cualquier persona que ha atravesado una crisis profunda podría reconocer: "Se han consumido de tristeza mis ojos, mi alma y mis entrañas. Porque mi vida se va gastando de dolor, y mis años de suspirar; se agotan mis fuerzas a causa de mi iniquidad." No hay aquí un lenguaje de victoria prematura ni de fe superficial. Hay un hombre que está enfermo de tristeza, que siente su cuerpo quebrantado por el peso de lo que carga.

Y aún más revelador es el sentido de abandono social que expresa. El salmista habla de haber sido olvidado como un muerto, de haberse convertido en objeto de vergüenza para sus vecinos, en motivo de terror para sus conocidos, en alguien de quien la gente huye. Esta es una experiencia profundamente humana: la soledad que no viene de estar físicamente solo, sino de sentir que los demás te han borrado de su mapa emocional. El rechazo social duele de una manera particular, y el salmo no lo minimiza ni lo espiritualiza apresuradamente.

Sin embargo, justo en el centro de esa oscuridad, hay una bisagra. El salmista pronuncia las palabras que se han convertido en uno de los textos más citados de toda la Escritura, y que Jesús mismo usaría en su momento de mayor vulnerabilidad: "En tus manos encomiendo mi espíritu." Esta frase no es resignación pasiva. Es un acto de voluntad deliberada. Es poner en manos de otro lo más valioso e íntimo que uno posee, la propia vida, el propio ser, no porque uno ya no pueda hacer nada, sino porque se ha llegado al convencimiento de que hay manos más seguras que las propias.

El salmo concluye con un llamado a la esperanza que resulta conmovedor precisamente porque viene después de tanto dolor descrito. El salmista exhorta a los creyentes a amar a Dios, a ser valientes, a dejar que el corazón tome fuerzas. No es una orden dada desde la comodidad, sino una invitación pronunciada desde las trincheras. Quien dice "esforzaos todos vosotros los que esperáis en el Señor" es alguien que acaba de describir su propio derrumbe. Y eso le da a sus palabras un peso y una credibilidad que ninguna teología abstracta podría tener.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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