Por: Ricardo Abud
Hay espectáculos que no se olvidan. Uno de ellos es ver a una yegua de paso fino moverse en su andar ,ese ritmo cadencioso, lateral, suave y poderoso a la vez, como si el suelo fuera un privilegio que ella concede con cada pisada. No camina: ¨declara¨. No avanza: ¨convoca¨.
Así era ella.
Entre todas las que transitaban el mismo camino, había algo en su forma de moverse que detenía el tiempo. No era el estruendo ni la velocidad lo que la distinguía, sino precisamente lo contrario: la ¨cadencia¨. Ese equilibrio perfecto entre control y libertad, entre fuerza contenida y elegancia desplegada. Como la yegua de paso que no necesita que nadie la apresure, ella llevaba su propio ritmo, y el mundo ,sin saberlo, se acomodaba a él.
Hay mujeres que caminan. Y hay mujeres que ¨andan¨. La diferencia es sutil pero absoluta, como la que existe entre una yegua cualquiera y una de paso fino: en una ves movimiento, en la otra vez ¨arte¨. Cada tacón que toca el suelo es una nota en una partitura que solo ella conoce. La cadera marca el compás. La cabeza, erguida, no por soberbia, sino por conciencia de lo que es.
La yegua de paso no aprende su andar por imitación ni por imposición. Nace con él, y con el tiempo lo perfecciona, lo hace más suyo, más íntimo. De la misma manera, ese caminar que ella portaba no era un aprendizaje de pasos o tacones ,era la expresión natural de una gracia cultivada desde adentro. Nadie le enseñó a hacer del suelo un escenario; simplemente, donde ella pisaba, el escenario aparecía.
Y como toda yegua fina, no era para todos. Había que saber mirarla. Había que tener el ojo, y el alma, educados para entender que lo que se veía no era vanidad ni artificio, sino ¨identidad en movimiento¨. Las que aún no saben caminar como ella miran sin comprender, igual que quien ve pasar un caballo de paso y cree que solo es un caballo que camina despacio.
No. Es mucho más que eso.
Es la prueba de que la belleza, cuando es auténtica, no necesita apresurarse.

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