Mi diairo hoy


Jueves, 21 de mayo

Querido diario: Desesperanza

La mañana amaneció con ese peso invisible que deja el desencanto cuando uno observa el rumbo del mundo. Hoy la realidad sigue sin dueño ni rumbo cierto, y las noticias solo repiten los mismos rostros endurecidos por la ambición, las mismas promesas vacías disfrazadas de discursos solemnes. 

Cuesta aceptar que tantos destinos dependan de líderes incapaces de mirar más allá de sus propios intereses perversos; hombres vacíos que se mueven con una comodidad obscena dentro de su propia corrupción, como si el sufrimiento ajeno fuera apenas un ruido de fondo en su festín. ¿Desde cuándo el poder dejó de ser un llamado al servicio para convertirse en el escudo perfecto de la impunidad y en una maquinaria fría que tritura esperanzas mientras sonríe frente a las cámaras? Quizás nunca fue diferente y yo soy el ingenuo que todavía se sorprende ante su total miseria moral.

Entre tanto, las calles siguen llenas de seres humanos sobreviviendo a la intemperie del abandono. Muchos mueren de hambre en cualquier espacio o esquina; otros mueren de tristeza, y la gran mayoría, de indiferencia. La miseria dejó de ser únicamente económica; ahora se refleja en la crueldad cotidiana y en el cansancio de quienes han perdido la fe en las instituciones. 

Cada día aparecen nuevas guerras, persecuciones y abusos cometidos en nombre de ideologías, dinero o supremacías absurdas, mientras nadie parece escuchar el llanto de los inocentes. La maldad en pleno apogeo avanza silenciosa, vestida de normalidad, ocupando los espacios donde antes habitaban la solidaridad y el respeto.

Y sin embargo, aquí estoy yo, testigo de todo esto desde mi pequeño rincón, preguntándome si el peso de lo que veo me aplasta o me obliga a seguir de pie. Hay algo profundamente agotador en mantenerse consciente, en no cerrar los ojos ante lo que duele. Sería más fácil mirar hacia otro lado, anestesiarse con cualquier distracción que ofrezca el día. Pero no puedo. No sé si eso me honra o simplemente me condena a cargar con una angustia que nadie me pidió. A veces me pregunto en qué momento el ser humano olvidó que todos compartimos el mismo miedo, la misma fragilidad y el mismo destino final.

Lo que más duele no es la maldad en sí misma, sino la normalización de ella y la pasividad de quienes observan el derrumbe moral como si fuese un espectáculo ajeno. Ver a la gente que pasa, que suspira, que encoge los hombros y sigue caminando porque ya aprendió que indignarse no cambia nada... esa resignación colectiva me parece la herida más profunda, más que cualquier decreto o cualquier robo disfrazado de política pública. Descubrir cómo la mentira se convirtió en costumbre y cómo la dignidad humana parece negociarse al mejor postor es una bofetada diaria.

Sin embargo, dentro de esta densa oscuridad, todavía intentó conservar una pequeña llama de esperanza. Sé que algunos corazones nobles continúan resistiendo la contaminación de este tiempo cruel; personas anónimas que siguen ayudando sin cámaras, compartiendo lo poco que poseen y defendiendo valores que muchos consideran obsoletos. Quizá el mundo no esté completamente perdido mientras sobrevivan esos gestos sencillos que nos devuelven la humanidad.

Hoy terminé el día con la misma pregunta que lo empezó: ¿qué hace uno con tanta lucidez y tan poca capacidad de cambiar lo que ve? No tengo respuesta. Esta noche cierro estas líneas con una mezcla amarga de tristeza y reflexión, sintiendo que el planeta camina sin brújula, conducido por egoísmos y por sociedades cada vez más fracturadas. Aun así, deseo creer que algún día la conciencia colectiva despertará. Solo me queda este diario, esta página en blanco que al menos tiene la honestidad de no mentirme.

Hasta mañana, si el mundo todavía merece que lo miremos.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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