Plan de Vida


Por: Ricardo Abud 

De joven yo me levantaba con el cerebro lleno de sueños y el estómago lleno de pan con mantequilla. La vida me parecía sencilla: entrar a la universidad, graduarme con honores, conseguir una carrera brillante y caminar por la calle como si yo fuera una mezcla entre filósofo griego y cantante de telenovela mexicana. A mis veinte años el futuro lucía tan organizado que hasta las desgracias parecían venir con cita previa.

La universidad, por supuesto, fue mi primer engaño elegante de la existencia. Entré creyéndome adulto y salí convertido en especialista en sobrevivir con café barato, arepas frías y fotocopias ilegibles. Como estudiante promedio aprendí tres cosas fundamentales: dormir sentado, enamorarme de quien no me convenía y fingir que entendía la clase aunque el profesor pareciera estar explicando ingeniería nuclear en arameo antiguo.

Después llegó mi título universitario, ese diploma glorioso que mis padres exhibían más que las fotos de mi primera comunión. Recién graduado me sentía invencible. Caminaba diferente. Hablaba difícil. Empecé a usar palabras como “sinergia”, “proyección” y “paradigma”, aunque seguía viviendo con mi mamá y todavía le preguntaba dónde estaban mis medias limpias.

Mi carrera profesional comenzó con entusiasmo y terminó conmigo mirando el techo de la oficina mientras calculaba cuánto café necesitaba para no llorar frente al jefe. Yo, el muchacho que soñaba con cambiar el mundo, ahora pasaba ocho horas respondiendo correos inútiles y asistiendo a reuniones que pudieron ser un mensaje de texto.

Entonces apareció mi esposa. Ah, el amor. Esa enfermedad deliciosa donde prometí cosas absurdas con una seguridad aterradora. “Nunca voy a cambiar”, le dije como novio mientras todavía tenía cabello, abdominales y rodillas funcionales. Mi matrimonio empezó con besos apasionados y terminó con discusiones filosóficas sobre quién dejó la tapa del inodoro levantada desde 1998.

Llegaron mis hijos.  Primero uno, porque "queremos ver cómo nos va". Después otro, porque el primero "necesita un hermanito". Después el tercero, que nadie planeó pero que llegó en un viaje de aniversario con vino de hotel. Pequeñas criaturas hermosas diseñadas biológicamente para destruirme el sueño, la paciencia y los muebles de la casa. Al principio cargaba al bebé con ternura; años después lo perseguía por la sala porque dibujó un dinosaurio satánico en la pared usando salsa de tomate y marcador permanente.

Mi hija, además, me trajo otro nivel de terror emocional. Pasé de ser un hombre fuerte a convertirme en detective privado, guardaespaldas y experto en interrogatorios cada vez que un adolescente tocaba mi puerta diciendo: “Buenas noches, señor”. Ningún padre confía en un muchacho demasiado educado. Eso me resultaba sospechoso.

Con el tiempo aparecieron las amantes, porque he tenido la estabilidad emocional de una cabra con cafeína. Ya barrigón y con dolores lumbares, decidí convencerme de que todavía era irresistible. Compré perfume caro, me puse una camisa ajustada que parecía luchar por sobrevivir y empecé a usar frases ridículas como: “La edad es mental”. Sí, mental… porque físicamente hago sonidos de microondas dañado cuando me levanto del sofá.

El divorcio me llegó como tornado financiero. La mitad de mis cosas desaparecieron misteriosamente. Descubrí que el amor eterno puede terminar discutiendo por un juego de cucharas y una licuadora. Mis amigos me ofrecían consejos inútiles mientras me invitaban a beber cerveza barata para “levantar el ánimo”, como si mi gastritis fuera terapia emocional.

Y entonces apareció mi legendaria crisis de los cuarenta. Me miraba al espejo intentando encontrar al joven universitario que conquistaba discotecas bailando como trompo eléctrico. En vez de eso descubrí a un señor que necesita lentes para leer el menú y antiácidos para comer pizza después de las ocho de la noche.

Compré una motocicleta absurda. Empecé a escuchar música juvenil demasiado fuerte. Uso ropa deportiva aunque el deporte más intenso que practico sea buscar el control remoto entre los cogines del sofá. Quería sentirme joven otra vez, pero mi cuerpo ya envía cartas de protesta al menor esfuerzo físico.

Finalmente llegó mi disfunción eréctil, ese momento donde hasta mi organismo decidió declararse en huelga. Antes me bastaba una mirada romántica; ahora mi cuerpo necesita negociaciones internacionales, buena iluminación, silencio absoluto y probablemente soporte técnico., esa pastillina azul, generosa y amable. Empecé a leer artículos médicos con la concentración de un científico de la NASA. De repente sé más sobre circulación sanguínea que un cardiólogo jubilado.

Y aun así, después de todos mis desastres, la vida me sigue siendo un espectáculo cómico maravilloso. Porque al final he entendido que crecer no significa alcanzar la perfección, sino aprender a reírme mietras todo se derrumba lentamente a mi alrededor. Como muchacho universitario soñaba con conquistar el mundo; hoy, como hombre de sesenta y dele, solo quiero dormir ocho horas seguidas sin levantarme a orinar. Y, curiosamente, sigo siendo optimista.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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