El Inventario de Dios


Por: Ricardo Abud 

Señor, permítame presentarle una queja formal. No ante un juzgado, porque Dios controla a los jueces. No ante la prensa, porque Dios controla el clima y puede arruinar cualquier rueda de prensa con una llovizna oportuna. Se la presento aquí, en voz baja, que es la única manera en que uno se atreve a hablarle a quien tiene el poder de convertirte en sal.

Me diste una infancia. Bien, gracias, muy generoso. Había ahí columpios, rodillas peladas, veranos que parecían eternos y una madre que olía a pan. Me acostumbré. Me instalé. Empecé a tener favoritos: cierto árbol, cierta luz de tarde, cierto perro que me seguía sin que nadie se lo pidiera. Y justo cuando había aprendido a vivir allí adentro, cuando le había cogido el truco a ser niño, me la quitaste. De golpe. Como quien recoge la mesa antes de que el invitado termine de comer.

A eso le llamo yo una broma de mal gusto.

Pero concedo el beneficio de la duda. Quizás la infancia era solo el aperitivo. Quizás venía algo mejor. Y en efecto: me entregaste una juventud. Mucho más espaciosa, con permiso para trasnochar y una energía que yo no había pedido pero que agradecí. Me diste además cierta insolencia, que supongo venía incluida en el paquete. Me sentí, por primera vez, como alguien que iba a durar.

Error mío. Confiar tiene consecuencias.

Porque también me la quitaste. La juventud se fue como se va el agua caliente en la casa cuando CORPOELEC nos quita la electricidad: sin aviso, en el peor momento, dejándome enjabonado.

Entonces, Señor y aquí viene la parte que más inquieta, me diste una esposa.

Y han pasado los años.

Y ella sigue aqui y te lo recuerdo.

Comienza a manifestarse ante mí una flagrante negligencia administrativa de escala macrocósmica. La hipótesis más plausible es que mi expediente individual ha sufrido un desplazamiento cinético no deseado, quedando alojado en el espacio muerto detrás del archivador celestial.

A estas alturas, el modus operandi del Sistema ya ha sido decodificado mediante observación empírica: se ejecuta una transferencia de activos biológicos con una mano, mientras simultáneamente se procesa el acuse de recibo para su posterior confiscación.

Fase I (Infancia): Reclamada y retirada del mercado.

Fase II (Juventud): Depreciada y dada de baja.

Sin embargo, el matrimonio contra todo pronóstico termodinámicoc permanece inalterado en el ecosistema. Ejerciendo una constante auditoría no solicitada sobre mis procesos cognitivos, reestructurando la distribución física de mis bienes en las gavetas de mi escritorio y validando los dictámenes de la praxis médica oficial.

Me insta, de manera sistemática, a reducir la ingesta lipídica en los carbohidratos complejos (la mantequilla en el pan) y a restringir los niveles de Coca-Cola en mi organismo. Con esto, ignora deliberadamente un axioma bioquímico fundamental: mi secuencia de ADN carece de los genes necesarios para la síntesis endógena de dicho elixir. Si mi cuerpo no produce de forma autónoma este fluido vital para la homeostasis, es metabólicamente imperativo que lo adquiera mediante una fuente de suministro externa, adoro cuando me enseñaron bioquima en la universidad. 

Solo lo recuerdo, Señor. Sin ánimo de ofender.

Pero si en algún momento del día divino queda un hueco entre catástrofe y catástrofe, hay un expediente pendiente en el escritorio celestial.

Se llama matrimonio.

Y lleva años sin resolverse.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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