Por: Ricardo Abud
No soy tan poderoso como para cargar con las culpas de las malas decisiones de los demás. Durante mucho tiempo creí que sí lo era, o al menos actué como si lo fuera. Me enredé en situaciones que no me pertenecían, asumí consecuencias de elecciones que otros tomaron libremente, y terminé agotado por un peso que nadie me pidió que cargara, pero que yo recogí del suelo como si fuera mío.
Con el tiempo aprendí algo incómodo: esa generosidad mal entendida no era tan noble como yo pensaba. Había en ella una soberbia disfrazada, la idea de que mi presencia, mis palabras, mis acciones, podían ser tan determinantes en la vida de otra persona que yo terminaba siendo responsable de lo que esa persona decidía. Eso no es empatía. Eso es no saber dónde termino yo y dónde empieza el otro.
Mis errores, en cambio, esos sí me pertenecen. Y son suficientes. No los niego ni los adorno. Hubo momentos en que tomé decisiones equivocadas, dije lo que no debí, callé cuando tenía que hablar, elegí el camino fácil cuando el difícil era el correcto. Eso pesa. Lo cargo. Pero aprendí que cargarlo no significa quedarme aplastado bajo ese peso para siempre, sino hacer algo con él. Moverme. Corregir lo que se pueda corregir. Aceptar lo que ya no tiene vuelta atrás y seguir de todas formas.
Lo que no estoy dispuesto a seguir haciendo es asumir la carga de lo que otros eligen. Cada persona que conozco tiene su propio margen de acción, sus propias decisiones, su propia historia que escribir. Puedo acompañar, puedo estar presente, puedo decir lo que pienso cuando me lo piden. Pero no puedo vivir la vida de nadie más, y no puedo ser el culpable de lo que alguien decide hacer con la suya.
Hubo personas que intentaron depositarme esa culpa. Con palabras directas o con silencios calculados, me hicieron sentir responsable de sus tropiezos, de sus frustraciones, de sus rencores. Y durante un tiempo lo creí. Porque es más fácil aceptar la culpa que sostener la incomodidad de decir: eso no fue mío.
Hoy ya no. Hoy sé distinguir entre las dos cargas. La que me corresponde la enfrento, la trabajo, la transformo en algo útil si puedo. La que no me corresponde la dejo donde está, sin culpa y sin drama, porque retenerla no le sirve a nadie y a mí me destruye.
La pregunta que me hago ahora, cuando algo sale mal, ya no es quién tuvo la culpa. Es qué voy a hacer yo a partir de aquí. Esa pregunta es la única que me lleva a algún lugar. Y hacia adelante es el único sitio donde todavía vale la pena ir.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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