Por: Ricardo Abud
Resulta imposible ofrecer aquello que no existe dentro de uno mismo. La lealtad, la honestidad, la fidelidad y la paz no son objetos que se toman de una repisa para entregƔrselos a alguien mƔs; son estados interiores que primero deben habitarse para poder compartirse.
Por ello, tantas relaciones terminan heridas por expectativas imposibles: se espera estabilidad emocional de quien vive roto, sinceridad de quien se oculta de sĆ mismo o serenidad de quien convive con sus propias tormentas.
La lealtad nace del encuentro honesto con la propia esencia. Quien se traiciona constantemente, abandonando sus principios por conveniencia o disfrazando sus sentimientos, difĆcilmente podrĆ” sostener un compromiso con otros. No siempre es por maldad, sino por incapacidad: quien no sabe mirarse al espejo sin mĆ”scaras, tarde o temprano terminarĆ” usĆ”ndolas frente a los demĆ”s.
En ese mismo suelo germina la honestidad. Mentirse a uno mismo es una de las formas mĆ”s silenciosas de destrucción. Hay quienes maquillan sus heridas hasta convencerse de que su realidad es otra, pero la verdad reprimida siempre encuentra una vĆa de escape. Cuando alguien vive alejado de su propia verdad, la sinceridad hacia el prójimo se vuelve frĆ”gil o inexistente; no se puede construir transparencia sobre una identidad sostenida por el autoengaƱo.
La fidelidad trasciende lo sentimental; comienza en la relación que cada persona tiene con sus propios valores. Se es infiel a uno mismo cada vez que se acepta lo que destruye o se busca validación externa a costa de la dignidad. Quien vive desconectado de su conciencia difĆcilmente podrĆ” ser fiel a alguien mĆ”s, pues la fidelidad autĆ©ntica no nace del miedo a perder al otro, sino del respeto profundo hacia lo que uno es.
Del mismo modo, la paz no puede ser un regalo de quien vive en guerra. Muchos buscan en el otro el refugio que no han construido internamente, pero nadie transmite calma mientras se incendia por dentro. Esa inquietud termina filtrƔndose en las palabras, en las decisiones y en la manera de amar.
Una de las contradicciones mÔs dolorosas surge cuando se intenta utilizar la espiritualidad como un escudo de apariencia. Hay quienes hablan en nombre de Dios o de la moral mientras son dominados por el ego, la manipulación o la falta de compasión. Olvidan que ninguna fe es auténtica sin coherencia humana. Pronunciar palabras sagradas no limpia el corazón ni otorga justicia automÔticamente; la espiritualidad verdadera no se demuestra en el discurso, sino en la conducta diaria.
Comprender esto transforma nuestra visión de las decepciones. A menudo, el daño recibido no proviene de una voluntad maligna, sino de carencias emocionales no resueltas. Esto no justifica el dolor causado, pero permite entender que muchas personas hieren porque estÔn heridas y confunden porque viven en la confusión.
El crecimiento humano es un viaje hacia adentro. Antes de exigir virtudes ajenas, debemos preguntarnos cuĆ”nto de eso poseemos realmente en nuestra propia vida. Lo que entregamos es, sin excepción, el reflejo de lo que cultivamos en la intimidad de nuestro ser. Nadie puede compartir luz si todavĆa permanece apagado por dentro.
Algunos entregan paz porque aprendieron a reconciliarse consigo mismos. Otros entregan caos porque viven perdidos dentro de su propia oscuridad. Y por mƔs discursos, promesas o palabras espirituales que existan, la verdad de una persona siempre termina revelƔndose en lo que hace, no en lo que dice creer.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y mƔs allƔ. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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