Por: Ricardo Abud
El sol aún no ha terminado de salir sobre la Plaza Roja cuando ya se escuchan los primeros acordes del himno. Las banderas ondean, los veteranos, cada año menos, cada año más ancianos, se colocan sus medallas con manos temblorosas.
Los niños sostienen fotografías en blanco y negro de abuelos que murieron antes de que ellos nacieran. Este es el 9 de mayo en Rusia. No es solo una fecha en el calendario. Es una herida que nunca cicatriza del todo, vestida con el traje de la victoria.
Los rusos llaman a la Segunda Guerra Mundial con otro nombre: la Gran Guerra Patria. Y esa diferencia no es semántica. Es emocional. Es política. Es profundamente humana. Mientras el mundo habla de 1939, ellos cuentan desde 1941, cuando las tropas alemanas cruzaron la frontera soviética en la madrugada del 22 de junio y comenzaron cuatro años de un sufrimiento que difícilmente cualquier otra nación ha conocido en la historia moderna.
Veintisiete millones de muertos. El número se repite tanto que a veces pierde su peso. Pero detrás de cada cifra vivía alguien. Un padre que no regresó del frente. Una madre que murió de hambre durante el sitio de Leningrado, que duró 872 días. Un niño que creció sin saber cómo era la voz de su padre. En Rusia prácticamente no existe familia que no tenga una ausencia de esa guerra. El luto colectivo se convirtió en memoria colectiva, y la memoria colectiva en identidad nacional.
Por eso el Día de la Victoria no se celebra de la misma manera en que otros países celebran sus victorias militares. Tiene una solemnidad diferente. Las madres lloran. Los hombres mayores se abrazan entre sí sin vergüenza. Los jóvenes portan en las marchas del Regimiento Inmortal los rostros de sus bisabuelos caídos, un río humano de fotografías que recorre las calles de Moscú, de San Petersburgo, de Novosibirsk, de Vladivostok. Millones de personas caminando con el pasado entre las manos.
El 8 de mayo de 1945, Alemania firmó la rendición en Berlín. Pero debido a la diferencia horaria, en Moscú ya era el 9 de mayo. Ese detalle aparentemente menor, marcó para siempre una fractura simbólica entre la memoria soviética y la memoria occidental de la guerra. Europa recuerda el 8. Rusia recuerda el 9. Cada uno celebra su propio amanecer.
Para la generación que vivió aquellos años, el 9 de mayo era sagrado de una manera casi religiosa. Los veteranos que aún caminan menos de un puñado quedan con vida, llevan en sus ojos algo que ninguna condecoración puede describir. Vieron Stalingrado. Vieron el Volga teñido de rojo. Vieron a sus compañeros caer en la nieve. Y luego vieron Berlín. Y luego volvieron a casa, a un país destruido, y lo reconstruyeron con las mismas manos que habían sostenido un fusil.
La generación siguiente heredó esa memoria como se hereda un apellido. Con orgullo y con peso. Los soviéticos que crecieron en la posguerra aprendieron desde niños que la victoria no fue un regalo: fue el precio más caro que un pueblo ha pagado jamás. Y eso marcó su manera de entender el mundo, la fuerza, el sacrificio y la patria.
Hoy, el 9 de mayo es también un espejo en el que Rusia se mira a sí misma. Los tanques ruedan por la Plaza Roja, los aviones dibujan estelas de colores sobre el Kremlin, los discursos invocan a los héroes de 1945. Para muchos rusos, todo eso es genuino. Es gratitud. Es memoria viva. Es la única manera que encontraron de decirle a sus muertos que no fueron olvidados.
El Regimiento Inmortal lo dice todo. No lo inventó el Estado: lo inventaron ciudadanos comunes en Tomsk, en 2012, que simplemente querían caminar con la foto de su abuelo. La idea se extendió como fuego porque tocó algo verdadero, algo que ningún decreto puede fabricar: el amor de un pueblo por sus muertos.
Hoy, 9 de mayo de 2026, el sol vuelve a salir sobre la Plaza Roja. Los acordes suenan de nuevo. Y en algún apartamento de Moscú, una mujer anciana saca del cajón una fotografía amarillenta. Un hombre joven, uniforme, sonrisa. Nunca volvió. Pero hoy, como cada 9 de mayo, ella lo pone sobre la mesa, enciende una vela pequeña y le habla en voz baja.
Eso también es el Día de la Victoria.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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