Por: Ricardo Abud
Quedarse roto es una de las experiencias más honestas que puede vivir un ser humano. Lo sé porque lo viví. No hay metáfora más precisa: algo que estaba entero de repente ya no lo está, y te quedas ahí, mirando los pedazos en el suelo, sin saber por dónde empezar a recogerlos.
Hubo un momento en que no supe si podía levantarme. No lo digo como figura retórica. Lo digo porque literalmente me quedé quieto, mirando el techo, preguntándome si el esfuerzo de incorporarme valía algo. El peso no era físico, pero aplastaba igual.
Hubo una parte de mí que encontró comodidad en estar roto. El dolor tenía una narrativa clara, un culpable identificable, una razón para no moverme. Mientras estaba roto, no tenía que arriesgar nada. No tenía que intentar nada. El sufrimiento me daba una excusa perfecta y socialmente aceptable para no vivir.
Cuando ya no puedes caer más, desaparece una angustia que no sabías que cargabas: la del miedo a caer. Ya caíste. Ya llegaste. Y en esa quietud terrible, casi forzada, entendí algo que ningún libro me había podido explicar del todo: tocar fondo tiene una lógica estructural l y limpia. El único movimiento posible es hacia arriba. No como consuelo barato. Como hecho físico, casi matemático. El fondo es el único lugar desde donde la dirección está garantizada.
La victimización es seductora. Ofrece algo que el dolor necesita desesperadamente: una explicación. Si yo sufro es porque alguien me hizo daño, porque el mundo fue injusto, porque no merecía esto. Y puede que todo eso sea absolutamente cierto. Pero el problema no está en identificar lo que pasó, sino en construir tu identidad sobre esa narrativa.
Y en algún punto me vi a mí mismo haciendo exactamente eso. Empecé a ser "el que quedó roto". Me convertí en el personaje principal de mi propia tragedia, sin posibilidad de cambiar el guion. Dejé de ser el protagonista y me volví espectador de mi propia vida. Y los espectadores no actúan, solo observan y comentan.
Ahí fue cuando me dije, con una honestidad que todavía me pesa, que nadie me iba a rescatar de eso. Que victimizarme era la única trampa de la que nadie más podía sacarme. La diferencia entre procesar el dolor y victimizarse es sutil pero decisiva: uno te mueve, el otro te ancla. Y yo llevaba demasiado tiempo anclado.
Cuando alguien se va, ya sea una persona, una relación, una versión de ti mismo, hay que vivir el luto. Yo lo aprendí por las malas, intentando primero saltarmelo.
No lo acorté. No lo disfracé de fortaleza. No llené mi agenda para no sentirlo. Lloré lo que tenía que llorar. Extrañé lo que merecía ser extrañado. Me permití sentir la pérdida completa, sin editarla, sin ponerle fecha de vencimiento prematura.
El luto bien vivido no es victimización. Es el proceso natural por el que un ser humano integra una pérdida real. Saltárselo no es ser fuerte. Es acumular una deuda emocional que más tarde cobra intereses. Y yo pagué esos intereses antes de entender la diferencia.
Pero también llegó el día en que supe que el luto había cumplido su función. No porque el dolor desapareciera. Sino porque yo ya había entendido todo lo que ese dolor tenía para enseñarme. Y seguir ahí, después de eso, ya no era honrar lo vivido. Era evitar lo que venía.
El luto debe abrirle la puerta a la vida de nuevo. No porque el dolor desaparezca de golpe, sino porque tú decides qué hay más vida por delante que dolor por procesar.
Uno de los errores más comunes al hablar de recuperación es presentarla como una restauración perfecta. Volver a ser el que eras. Recuperar lo que tenías. Pero eso no funciona así, y en el fondo, tampoco debería.
Hay marcas que quedaron. Formas de mirar ciertas cosas, cautelas que antes no tenía, sensibilidades que se afinaron. No las escondo. No finjo que no están. Las cargo como evidencia de algo que viví completamente, sin escaparme, sin anestesiarme.
Un día leí sobre el ¨kintsugi¨, esa práctica japonesa de reparar la cerámica rota con oro. La pieza no oculta las grietas. Las exhibe. Y es más valiosa por eso. Pensé que era demasiado bonito para ser útil. Después entendí que era exactamente lo que había hecho sin saberlo. Las cicatrices son evidencia de que algo roto se cerró. No son señal de debilidad, son señal de que el cuerpo, la mente y el carácter hicieron su trabajo.
Salir de una ruptura, de una pérdida, de un fondo emocional, no significa volver al punto de partida. Significa llegar a un punto nuevo, con más información sobre ti mismo que nunca antes habías tenido.
No fue un momento épico. No hubo una mañana en que me desperté transformado.
Fue una decisión pequeña y repetida. Levantarse. Comer. Hablar con alguien. Intentar una cosa. Luego otra. Subir no fue glorioso, fue constante. Y la constancia, con el tiempo, se convirtió en distancia real desde el fondo.
Encontrar el camino perdido no significó actuar como si nada hubiera pasado. Significó tomar una decisión activa, casi radical, de seguir viviendo. Y esa decisión no se tomó una sola vez. Se tomó cada mañana, a veces cada hora, mientras el proceso estuvo en curso.
Encontré el camino no porque alguien me lo señaló, sino porque empecé a caminar antes de verlo claro. El camino se hizo al andar, de la forma más literal que he experimentado en mi vida.
Quedarse roto es involuntario. Seguir roto, con el tiempo, empieza a ser una elección. Y esa es, quizás, la verdad más incómoda y más liberadora de todo este proceso: en algún punto, levantarse deja de ser algo que te pasa y se convierte en algo que tú haces.
Hoy estoy aquí. Con cicatrices, con más preguntas que antes, con una relación distinta con el dolor, más respetuosa y menos aterrada.
Estuve roto. Me quedaron las marcas. Y sin embargo, o quizás precisamente por eso, nunca me he sentido más entero.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

0 Comentarios