Entre el tiempo y la distancia


Por: Ricardo Abud 

Hay encuentros que no caben en el calendario. Suceden en un martes cualquiera o en un domingo de gracia, y sin embargo el alma los archiva para siempre en ese cajón secreto donde guardamos las cosas que nos cambiaron sin pedirnos permiso. 

Así fue aquella conversación en Lakewood, en ese recinto donde la luz parece caer diferente, donde incluso el aire tiene algo de promesa. Una conversación franca, de las que duran exactamente lo que tienen que durar, ni un segundo mÔs, ni uno menos, como si el universo mismo hubiera firmado el contrato de su duración.

Las palabras del Pastor Joel Osteen tienen esa característica extraña de los buenos mapas: no te dicen dónde estÔs, te dicen hacia dónde puedes ir. Y uno las escucha ahí, en Houston, rodeado de miles de personas que también buscan algo que no saben exactamente nombrar, y de pronto siente que esas palabras le fueron dichas solo a él, en voz baja, casi al oído del espíritu. Eso es el poder de la fe cuando se articula con verdad: no amplifica el sonido, amplifica el significado.

Pero lo verdaderamente asombroso no ocurre dentro del templo. Ocurre después. Ocurre a miles y miles de kilómetros, en una ciudad diferente, con otro cielo encima y otro idioma en las calles, cuando uno se sienta en silencio y descubre que algo dentro de sí ha cambiado de posición, como un mueble que alguien movió apenas unos centímetros pero que transforma por completo la perspectiva del cuarto. Eso es la transformación auténtica: no el relÔmpago, sino la luz que permanece encendida después de la tormenta.

El camino y el propósito. Qué palabras tan pequeñas para contener tanto. El camino no es una carretera recta que alguien pavimentó para nosotros, es mÔs bien un sendero que se va apareciendo debajo de los pies justo cuando damos el siguiente paso, como si la tierra misma conspirara con nuestra valentía. Y el propósito no es un destino en el mapa, es una brújula que llevamos tatuada en el pecho, que a veces olvidamos consultar pero que nunca deja de apuntar hacia aquello que nos hace mÔs nosotros mismos.

Hay una imagen que merece detenerse y contemplarse: la del templo de bendiciones construido en el alma. No de piedra, no de madera, sino de algo mÔs duradero y mÔs frÔgil al mismo tiempo, de esa materia invisible con que estÔn hechas las decisiones conscientes, las gratitudes practicadas, los recuerdos elegidos. Porque sí, se pueden elegir los recuerdos. No en el sentido de borrar lo que duele, eso sería una mentira piadosa y la vida no acepta mentiras por mucho tiempo. Sino en el sentido mÔs hermoso y mÔs revolucionario: edificar cada recuerdo en alegría, encontrarle al dolor su lección, a la oscuridad su estrella, al tropiezo su impulso.

Desechar lo que produce infelicidad no es cobardía ni negación. Es arquitectura del alma. Es reconocer que uno es también el constructor de su propio interior, que no estamos obligados a decorar nuestra casa espiritual con los cuadros mÔs tristes de nuestra historia. Se puede colgar en la pared principal la memoria de un amanecer, una risa, una conversación que duró lo que tenía que durar con alguien que vio en uno lo que uno aún no veía.

La metÔfora, esa herramienta que la poesía le prestó a la vida para que pudiera explicarse mejor, alcanza aquí su mÔxima dignidad. Somos templos en construcción permanente. Somos el arquitecto, la piedra y el terreno. Somos la oración que se eleva y también el silencio en que esa oración es escuchada. La ilusión, que tanto mal trato ha recibido de los que confunden soñar con escapar, es en realidad el primer ladrillo de todo lo que existe: antes de que algo sea real, alguien tuvo que imaginarlo posible.

Y la fe, esa palabra tan gastada por el uso y tan indestructible en su esencia, no es la certeza de que todo saldrÔ bien. Es algo mÔs valiente: es la decisión de levantarse de todas formas, de seguir construyendo aunque no se vea el techo todavía, de amar sin garantías, de esperar sin fechas, de creer que la distancia entre Houston y esta ciudad nueva no es un alejamiento sino una expansión, que uno no se fue de donde era, sino que se extendió hacia donde puede llegar a ser.

La esperanza, finalmente, es la ventana de ese templo interior. No da hacia afuera solamente, también da hacia adentro, ilumina los rincones donde acumulamos miedo y los convierte en espacios donde puede entrar algo nuevo. Y el amor, que lo atraviesa todo, que es el mortero entre cada ladrillo de ese templo que se construye con conciencia y con gratitud, el amor es la razón por la que vale la pena edificar.

Un ser diferente. Esa es la conclusión mÔs honesta y mÔs luminosa de este recorrido. No diferente de los demÔs, sino diferente de quien era antes. Y en esa diferencia, que no se mide en kilómetros ni en meses sino en la profundidad del pecho cuando uno respira en paz, vive la prueba mÔs contundente de que aquella conversación en Lakewood no fue un evento del pasado. Fue el principio de un futuro que, ladrillo a ladrillo, bendición a bendición, se sigue construyendo hoy.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y mƔs allƔ. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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