Los Consentidos del Universo y los Hijastros de la Mala Suerte


Por: Ricardo Abud 

Uno se levanta cualquier mañana, mira por la ventana y comprende que Dios reparte la suerte como quien lanza caramelos desde una carroza de carnaval: unos agarran bolsas enteras y otros reciben un golpe en la frente con el envoltorio vacío.

Porque sí, en esta vida hay personas tan bendecidas por el destino, que uno sospecha seriamente que en alguna existencia pasada ayudaron al Padre Creador a cargar la cruz, le prestaron el burro a los Reyes Magos o al menos le cuidaron el estacionamiento al arca de Noé. No hay otra explicación lógica.

A esos seres privilegiados les pasan cosas increíbles. Salen a comprar pan y regresan con un premio de lotería, una oferta de trabajo y el número de teléfono de una modelo sueca que “casualmente” se enamoró de ellos mientras escogían aguacates. Son individuos tan afortunados, que cuando pisan excremento de perro, resulta ser fertilizante orgánico importado de Suiza.

Mientras tanto, el otro grupo… ay, el otro grupo. Los perseguidos por la mala suerte. Los cacheteados emocionalmente por el universo. Personas que si se meten a monjes budistas, les toca meditar al lado de un vecino con bocina y gallo incluido.

El desafortunado clásico abre el paraguas y deja de llover. Lo cierra y cae un diluvio bíblico patrocinado por Poseidón. Lava el carro y ese mismo día aparece una tormenta de arena del Sahara en pleno Caribe o llueve por 3 días seguidos. Compra un pollo rostizado y el único pedazo sin carne le toca precisamente a él, como si el ave hubiera muerto por razones personales.

Los afortunados, en cambio, tienen una relación sospechosa con el cosmos. Llegan tarde y el jefe también. Pierden el avión y descubren que el vuelo tiene retraso de nueve horas. Se equivocan de fila y terminan cobrando un bono que ni sabían que existía. Son tan protegidos por los ángeles, que si se lanzan de un barranco, abajo aparece un colchón, una ambulancia y un vendedor de empanadas.

El salado no. El salado se tropieza con una piedra invisible en un piso perfectamente liso. Se le cae el pan y aterriza siempre por el lado de la mantequilla, obedeciendo leyes físicas escritas exclusivamente para arruinarle el desayuno. Va al banco “rapidito” y justo delante de él aparece una señora con tres bolsas llenas de billetes de 10 Bs y un problema matrimonial que desea contarle al cajero.

Uno conoce personas tan afortunadas  que hasta los mosquitos las respetan. En una reunión al aire libre, todos terminan picados menos ellos. Parecen tener sangre premium. El mosquito se les acerca, analiza la situación y dice: “No, chico, a este no. Este tiene protección divina”.

El desafortunado, por el contrario, sirve de buffet internacional. Lo pican mosquitos, jejenes, hormigas y hasta una abeja que pasaba confundida una mariposa defeca en su espalda. Y cuando intenta espantarlos, se golpea solo en la cara.

También está el caso amoroso. El afortunado manda un “hola” mal escrito y conquista corazones. El salado escribe poemas profundos, reflexiones filosóficas y mensajes sinceros… y le responden con un “gracias, amigo”. Esa frase mata más ilusiones que una factura de hospital en Estados Unidos.

La vida es tan descarada con sus preferencias, que algunos nacen con estrella y otros estrellados, parecen inscritos en un programa experimental de resistencia emocional. Hay gente que encuentra dinero dentro de pantalones viejos; otros encuentran recibos de deudas que ni recordaban.

Y aun así, el ser humano insiste en seguir adelante. Nuestro eterno optimista vuelve a la carga, aunque cada intento tenga más drama que el final de una telenovela de las nueve. En el fondo, el hombre no pierde la fe de que un día de estos la suerte ande distraída, se equivoque de camino y termine tocando a su puerta por puro error de cálculo.

Aunque, siendo sinceros, probablemente ese día también se le dañe el timbre.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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