SALMO 36, El abismo del mal y el océano de la bondad


Por: Ricardo Abud

El Salmo 36 tiene la estructura de un díptico: dos imágenes puestas en contraste deliberado, cada una tan poderosa que hace brillar a la otra por oposición. En un lado, la maldad humana en su forma más profunda. En el otro, la bondad de Dios en su extensión más vasta. El salmista nos invita a ver ambas cosas juntas, sin mirar a otro lado, y a elegir dónde anclar la propia vida.


La primera parte del salmo es un análisis de la psicología de la persona sin escrúpulos morales. Hay aquí una pericia casi clínica. El salmista dice que la transgresión habla al corazón del impío en su interior ,es decir, que el pecado tiene su propia voz persuasiva, su propia lógica interna. Y describe el resultado: no hay temor de Dios, no hay autoconocimiento honesto, las palabras están llenas de maldad y engaño, hay abandono de la sabiduría y del bien. Lo más escalofriante del retrato es que no describe monstruos extravagantes. Describe personas que han silenciado gradualmente su conciencia, que se han acostumbrado a mentir, que han dejado de preguntarse si lo que hacen está bien.

Esta descripción resuena con fuerza en la experiencia contemporánea. En un mundo donde la corrupción institucional, la deshonestidad mediática y la manipulación cotidiana se normalizan, el Salmo 36 nombra el mecanismo: cuando el temor a lo sagrado desaparece del corazón humano, la frontera entre el bien y el mal se vuelve negociable. No de golpe, sino poco a poco, decisión a decisión, silencio a silencio.

Pero entonces el salmo gira, y el giro es brusco y luminoso a la vez. De la oscuridad del corazón humano sin ancla moral, el texto salta a una descripción de la misericordia de Dios que se ha convertido en uno de los pasajes más sublimes de toda la literatura salmica: "Señor, hasta los cielos llega tu misericordia, y tu fidelidad alcanza hasta las nubes. Tu justicia es como los montes de Dios, tus juicios, abismo grande." Las dimensiones son astronómicas. La misericordia llega a los cielos. La justicia es como montañas. Los juicios son como el océano profundo.

El salmista usa el lenguaje del cosmos no para hacer poesía decorativa sino para comunicar algo que el lenguaje ordinario no puede contener: la bondad de Dios excede cualquier categoría humana. No puede medirse, ni agotarse, ni encontrársele fondo.

Y de esa bondad inconmensurable brotan consecuencias muy concretas para los seres humanos y para el mundo natural. Dios preserva a los hombres y a los animales ,detalle que no debe pasarse por alto, porque incluye al mundo no humano en el cuidado divino,. Bajo la sombra de sus alas los seres humanos se refugian, se sacian del bien de su casa, beben del río de sus delicias.

El contraste final entre la arrogancia del impío que tropezará y cae, y el pie del justo que no vacila gracias al conocimiento de Dios, no es un juicio moralista sino una observación sobre la arquitectura de la realidad. Las vidas construidas sobre el engaño tienen los días contados. Las vidas ancladas en la bondad de Dios tienen sustento que dura. El Salmo 36 es una invitación a elegir conscientemente sobre qué base construir.
Y eso, al final, ya no es tu carga. Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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