El Amor Más Bonito


Por: Ricardo Abud 

Algunas personas llegan a nuestra vida no para quedarse para siempre, sino para enseñarnos que somos capaces de amar con una profundidad que nunca imaginamos tener. Ella fue esa persona para mí.

Gracias por cada mañana en que tu sola presencia convertía lo ordinario en algo luminoso. Por esas conversaciones que se extendían más allá de la medianoche, cuando el tiempo dejaba de existir y solo quedábamos tú y yo y las palabras que no queríamos guardar. Gracias por la forma en que me mirabas, con esos ojos que llevaban adentro una luz particular, como si en mí hubieras encontrado algo digno de ser visto.

Te agradezco los silencios que no pesaban, los que compartíamos sin incomodidad ni prisa, simplemente respirando el mismo aire y sintiéndonos completos. Esos silencios me enseñaron que el amor verdadero no necesita llenarlo todo, que a veces basta con estar.

Y sin embargo, hubo momentos en que me guardaste como un secreto. Momentos en que yo era algo tuyo que el mundo no podía ver. Nunca supe bien si era vergüenza, o si era miedo a que al exponernos al aire libre, yo saliera corriendo. Quizás tú también tenías tus propias heridas, tus propios miedos que no sabías cómo contarme. Y aunque dolió ser ocultado, hoy lo miro con más ternura que reproche, porque entiendo que amar también asusta, que a veces las personas esconden lo que más quieren precisamente porque temen perderlo.

Fuiste generosa con tu risa, con tu ternura, con tus pequeñas formas de decirme que importaba en la intimidad de lo nuestro. En los gestos sencillos —una mirada cómplice, una mano extendida en el momento justo, tu voz pronunciando mi nombre con una dulzura que todavía recuerdo— aprendí que el amor no siempre grita. A veces susurra, y en ese susurro cabe un mundo entero.

Había en ti algo que no se puede describir del todo con palabras. Una manera de caminar por la vida, de reírte de las cosas pequeñas, de dar sin medir, que me hacía sentir que el mundo era un lugar más amable solo por el hecho de que tú existías en él. Y aun así, en esa contradicción tan humana, también eras capaz de guardarme en un cajón cuando el mundo miraba.

No te guardo rencor por eso. Te guardo gratitud. Gratitud por lo que sí me diste, por lo que fue real entre nosotros aunque nadie más lo viera. A veces el amor más bonito es el que se vive hacia adentro, el que no necesita aplausos ni testigos para ser verdadero.

Gracias por ser mi amor más bonito, con todo y tus miedos, con mis r clamps de que no te gustaba ser feliz,  con todo y tus silencios, con todo y esos momentos en que preferiste guardarme antes que perderme. Fuiste real. Fuiste mía, aunque fuera en secreto. Y eso, aunque duela un poco todavía, también lo atesoro.

Eso nadie me lo quita. Y eso, siempre, siempre, te lo agradeceré.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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