Heterocurioso y algo mas.....


Por: Ricardo Abud 

Cada generación ha tenido sus propias locuras. Nuestros abuelos se enamoraban mandando cartas perfumadas, nuestros padres sobrevivieron a las serenatas desafinadas y la juventud actual decidió llevar el caos lingüístico a niveles científicos. Ya no basta con decir “me gusta alguien”. Ahora se necesita un término que parezca mezcla entre diagnóstico clínico, contraseña de Wi-Fi y nombre de banda indie.

La juventud moderna no conversa: fábrica palabras como si estuviera en un laboratorio clandestino de sílabas. Una simple salida por café puede terminar en una conferencia semántica imposible de entender para cualquier persona mayor de cuarenta años. Antes alguien decía: “No sé si me gusta”. Ahora aparece un muchacho mirando al horizonte y declara solemnemente: “Creo que soy heterocurioso con tendencias emocionalmente selectivas”. Nadie sabe qué significa exactamente, pero todos asienten como si acabara de descubrir una nueva galaxia.

El problema comienza cuando esas palabras empiezan a multiplicarse. Ya no existen personas indecisas; ahora son “afectoflexibles”. Tampoco existen los enamorados intensos. Se llaman “emocionalmente expansivos”. El tóxico de toda la vida evolucionó y hoy recibe el elegante nombre de “dependiente afectivo territorial”. Una frase tan larga que, para cuando termina de pronunciarse, ya revisó el teléfono de la pareja tres veces.

Las redes sociales empeoraron la situación. Cada semana nace un término nuevo y millones de jóvenes lo repiten con la misma pasión con la que antes se cantaba una canción de moda. Alguien inventa una palabra a las dos de la mañana mientras come cereal triste y, para el amanecer, ya existe un debate filosófico sobre el asunto. Un muchacho publica: “Soy gymsexual”. Otro responde: “Yo soy cafecore emocional”. Y un tercero, que no entendió nada, decide autodefinirse como “introvertidamente magnético”.

Resulta fascinante observar cómo palabras normales dejaron de ser suficientes. “Confundido” ya parece demasiado básico. Ahora toca decir: “Estoy en una transición identitaria multisensorial”. Suena importante, profundo y ligeramente peligroso, como si la persona estuviera a punto de convertirse en electrodoméstico.

Las relaciones amorosas también sufrieron esta mutación lingüística. Antes alguien desaparecía y punto. Hoy “ghostear” parece demasiado común, así que aparecen derivados cada vez más absurdos. Está el “breadcrumbing”, el “orbiting”, el “benching” y seguramente pronto existirá el “croqueting”, que consistirá en dejar mensajes ambiguos mientras uno come croquetas artesanales y evita el compromiso emocional.

La tragedia ocurre cuando los adultos intentan comprender el idioma juvenil. Un padre escucha a su hija decir que un muchacho es “heterocurioso con aura vintage emocional” y empieza a sospechar que necesita un traductor de Naciones Unidas. La madre, confundida, pregunta si eso se cura con vitaminas. El abuelo simplemente mira al vacío, resignado, convencido de que la civilización colapsó definitivamente.

Lo más divertido es que muchas de estas palabras duran menos que una batería de teléfono viejo. Hoy alguien se identifica como “sapiosexual astral”, mañana como “caóticamente selectivo” y la próxima semana descubre que realmente solo necesitaba dormir ocho horas y dejar de escuchar canciones tristes bajo la lluvia.

La juventud actual convirtió la identidad en un menú infinito. Nadie quiere ser simplemente una persona. Todos necesitan una categoría sofisticada, como si la personalidad viniera en sabores. Ya no basta con ser tímido; ahora toca ser “socialmente minimalista”. Tampoco basta con ser orgulloso; ahora la moda exige “autoafirmación energética”. Hasta el flojo de toda la vida encontró refugio semántico y se autodenomina “profesional del descanso consciente”.

Probablemente dentro de unos años aparecerán nuevos términos todavía más extraños. Algún influencer anunciará que es “emocionalmente inalámbrico” o “románticamente biodegradable”. Miles de personas comenzarán a usar la expresión sin saber qué significa realmente, porque el verdadero deporte moderno no es entender las palabras, sino pronunciarlas con seguridad.

Esta avalancha de etiquetas es el escudo de una generación que intenta ponerle orden al caos emocional usando palabras que suenen importantes. En una sociedad donde todo es público y se mide en engagement, admitir que uno está simplemente "confundido" se siente como un fracaso; por eso, envolver la duda en un término sofisticado da una falsa sensación de control y una identidad lista para ser publicada. Lo irónico es que, mientras más nombres inventamos para definir lo que sentimos, más nos cuesta mirarnos a los ojos y decir las cosas claras, creando un laberinto de términos que, en lugar de acercarnos, termina por convertir la vulnerabilidad en una categoría de diseño.

Mientras tanto, el diccionario tradicional observa desde un rincón, sudando nerviosamente, incapaz de competir contra una generación que puede inventar tres identidades, cuatro traumas y cinco conceptos sentimentales antes del desayuno.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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