Recuérdame como soy


Por: Ricardo Abud 

Hay preguntas que no piden respuesta inmediata. Preguntas que llegan en el momento menos esperado, en medio del ruido, del caos, de esa sensación de que todo se mueve bajo los pies y no hay suelo firme donde pararse. Y sin embargo, justo ahí, alguien tuvo la audacia o quizás la ternura de preguntar: ¿Cómo te gustaría que te recordarán?

Una pregunta así, en medio de la tormenta, no debería funcionar. Debería perderse entre el desorden. Pero a veces ocurre lo contrario: justo porque el caos lo ha despojado a uno de todo lo superfluo, la pregunta aterriza con una claridad brutal. Y mueve algo adentro. Algo que estaba quieto, enterrado bajo las capas de lo urgente y lo doloroso.

La respuesta que llegó no fue elaborada. No fue construida con cuidado ni pensada para impresionar. Fue lo que quedaba cuando ya no había energía para fingir: quiero que me recuerden como realmente soy. Una buena persona, con altos y bajos.

Y en esa sencillez hay más verdad que en cualquier epitafio cuidadosamente redactado.

Vivimos en una cultura obsesionada con la versión pulida de las personas. Con el resumen ejecutivo de quién fue alguien. Con la foto más favorecedora, el logro más destacado, la anécdota más graciosa. Queremos que nos recuerden en nuestro mejor momento, como si la vida fuera solamente ese instante y no todo lo que costó llegar a él.

Una persona real tiene días en que es generosa y días en que es mezquina. Tiene mañanas en que puede con todo y noches en que no puede ni consigo misma. Tiene momentos de una claridad extraordinaria y otros de una confusión que da vergüenza admitir. Ama bien a veces y otras veces ama de manera torpe, incompleta, imperfecta. Así somos. Así es esto.

Querer que te recuerden como realmente eres es un acto de valentía inusual. Porque implica aceptar que los bajos también te pertenecen. Que no son la excepción a tu historia sino parte de ella. Que el caos que viviste no te define pero sí te forma. Que no tienes que limpiar tu imagen antes de que alguien la guarde en la memoria.

Ser una buena persona no significa ser perfecta. Eso es algo que se olvida con frecuencia y que hace mucho daño. Se construye una idea de bondad que requiere consistencia absoluta, ausencia de fallas, de dudas, de momentos oscuros. Y entonces cuando uno cae, cuando uno decepciona o se decepciona, concluye que no es buena persona, que todo lo anterior era una ilusión.

No. La bondad no es un estado permanente. Es una orientación. Es hacia dónde apuntas cuando tienes opciones. Es lo que haces cuando nadie te ve. Es cómo tratas a quien no puede darte nada a cambio. Y esa orientación puede coexistir perfectamente con los días difíciles, con los errores, con las etapas en que uno está tan roto que apenas puede pensar en los demás.

Los altos y bajos no contradicen la bondad. La contextualizan. La hacen humana.

Hay algo profundamente liberador en soltar la necesidad de ser recordado de una manera idealizada. En decir: no quiero que inventen una versión mejor de mí después de que me vaya. Quiero que recuerden a la persona que estuvo ahí, que pasó por lo que pasó, que a veces pudo y a veces no, pero que en el fondo tenía buenas intenciones y un corazón que, aunque golpeado, seguía latiendo hacia el bien.

Eso no es resignación. Es honestidad radical. Es la forma más íntima de respeto hacia uno mismo: no pedir que te recuerden distinto de lo que eres.

Y si alguien, en medio del caos de tu vida, fue capaz de hacerte esa pregunta y tu respuesta fue esa, tan directa y tan desnuda, quizás el caos también sirvió para algo. Quizás te quitó suficientes capas como para que pudieras ver, por un momento, quién eres en realidad.

Y resulta que eso, simplemente eso, es suficiente para ser recordado.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

Publicar un comentario

0 Comentarios