Mi diario hoy


Domingo, 4 de mayo de 2026

Querido diario,
La Dasha del papá de Natasha

No sé por dónde empezar. Este fin de semana ha sido de esos que uno guarda en el corazón como un tesoro, de esos que uno recuerda cuando el mundo se pone gris y necesita recordar por qué vale la pena vivir.

Natasha y yo nos fuimos a la dacha. Solo pronunciar esa palabra ya me genera una calidez especial. Salir de la ciudad, dejar atrás el ruido, el asfalto y la prisa, y entregarse por completo a lo que la tierra ofrece con tanta generosidad: aire limpio, árboles que no tienen apuro, cielo abierto y silencio que no asusta sino que abraza.

Llegamos por la mañana y desde el primer momento sentí que algo se asentaba dentro de mí. Como cuando uno exhala después de haber contenido el aliento sin darse cuenta. La dacha tiene ese efecto. No sé si es la madera, el olor a tierra húmeda o simplemente la ausencia de pantallas y obligaciones, pero uno llega y automáticamente se convierte en una versión más serena de sí mismo.

Nos acompañaron algunos amigos de Natasha, vecinos de dachas cercanas, gente sencilla y cálida que comparte esa misma filosofía de que la vida se disfruta mejor cuando se vive despacio. Hubo risas, conversaciones sin prisa, comida compartida y ese tipo de conexión humana que la ciudad moderna parece haberse propuesto extinguir. Me alegra profundamente que no lo haya logrado del todo.

Pero hubo algo que le dio a este fin de semana una profundidad especial, casi sagrada.

Natasha me contó, mientras caminábamos entre los árboles al atardecer, que esta dacha era de su papá. Que desde pequeña ella venía aquí con él, que estas mismas veredas las había recorrido de su mano cuando era niña, que estos mismos árboles habían sido testigos de su infancia, de su risa, de su formación como persona. Que desde que él falleció, no había podido venir con la misma frecuencia. Que algo dentro de ella lo evitaba, quizás porque cada rincón lo recuerda demasiado, o quizás precisamente por eso.

La escuché con el alma entera. La vi en sus ojos ese amor que no caduca, esa gratitud mezclada con la nostalgia que solo deja quien realmente nos marcó. Y en ese momento entendí que estar aquí con ella no era simplemente pasar un fin de semana en el campo. Era acompañarla a reconciliarse con un lugar que también es una memoria viva, un legado, una forma en que su papá sigue presente.

Nos tomamos de la mano sin decir nada. A veces las palabras sobran.

Antes de partir, dejé instrucciones a quien cuida la dacha para que vaya preparando el terreno. Quiero sembrar algo en la próxima visita, algo que crezca, que florezca, que con el tiempo se convierta en parte de este lugar. Y no, querido diario, no es Cannabis Sativa, jajaja, aunque entiendo la duda dadas las circunstancias bucólicas del relato. Es algo que llevo tiempo pensando y que guardo con cariño hasta que llegue el momento de ver las primeras semillas en la tierra.

Hay algo profundamente simbólico en sembrar. Es un acto de fe puro. Uno deposita algo pequeño en la tierra, lo cubre, lo deja ir, y confía en que la vida hará su parte. Creo que eso es exactamente lo que este fin de semana nos dejó a los dos: fe. En la naturaleza, en nosotros, en lo que estamos construyendo juntos.

Nos prometimos volver. Al menos uno o dos fines de semana al mes, y una semana completa en vacaciones. No como un compromiso más en la agenda, sino como un ancla, como un ritual de los que nos mantienen cuerdos y agradecidos.

La dacha espera. La tierra espera. Y yo, querido diario, espero con genuina ilusión la próxima vez que pueda quitarme los zapatos, pisar el pasto y respirar hondo al lado de Natasha.

Hasta pronto,

Con el corazón lleno de amor y de recuerdos… 

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