Por: Ricardo Abud
La ternura constante no siempre gana. A veces, incluso pierde. No porque el afecto sea insuficiente, sino porque la mente humana tiene una tendencia enfermiza a dejar de valorar aquello que ya siente asegurado.
La atención diaria, los mensajes sinceros, la presencia incondicional, los detalles pequeƱos y repetidos… todo eso que deberĆa fortalecer un vĆnculo, muchas veces termina convirtiĆ©ndose en paisaje. Y el paisaje, por hermoso que sea, deja de sorprender cuando se mira todos los dĆas.
La psicologĆa lleva dĆ©cadas estudiando este fenómeno. El cerebro humano estĆ” diseƱado para perseguir estĆmulos, no para agradecer estabilidad. La dopamina, esa sustancia ligada al deseo y la emoción, aumenta mĆ”s con la incertidumbre que con la tranquilidad. Por eso tantas personas confunden intensidad con amor. No extraƱan la paz; extraƱan el sobresalto. No buscan profundidad; buscan sensación. Y ahĆ empieza la tragedia moderna de las relaciones.
Porque mientras una persona entrega calma, otra comienza a sentir aburrimiento. Mientras uno construye seguridad, el otro interpreta la ausencia de caos como ausencia de pasión. Es absurdo, pero real. El problema es que mucha gente fue emocionalmente entrenada para asociar amor con sufrimiento. Si no hay ansiedad, celos, dudas o persecución, sienten que “falta algo”. Entonces aparece la necesidad de probar emociones nuevas, validar el ego, recibir atención distinta, romper la rutina aunque la rutina estuviera llena de lealtad.
Y ahà ocurre el error mÔs costoso: destruir a quien amaba bien solo para perseguir una emoción momentÔnea.
Porque la emoción barata es fĆ”cil de encontrar. Siempre habrĆ” alguien nuevo dispuesto a regalar adrenalina, misterio, juego psicológico, palabras bonitas sin peso real. Lo difĆcil es encontrar a alguien que permanezca cuando la vida deja de parecer una pelĆcula. Lo raro no es encontrar deseo; lo raro es encontrar compromiso sincero. Pero muchas personas descubren esa diferencia demasiado tarde, cuando el ruido termina y el vacĆo empieza a hablar.
La verdad incómoda es esta: el ser humano suele valorar mĆ”s lo que lo hace sufrir que lo que lo cuida. Lo prohibido seduce. Lo distante obsesiona. Lo complicado envicia. Mientras tanto, quien ama de forma transparente parece “demasiado disponible”, “demasiado bueno”, “demasiado fĆ”cil”. Y en una sociedad adicta al ego y a la validación instantĆ”nea, la bondad dejó de parecer emocionante.
Sin embargo, el tiempo tiene una crueldad perfecta. Todo lo superficial caduca rĆ”pido. La adrenalina se agota. El misterio se cae. Las mĆ”scaras terminan resbalando. Y entonces aparece la comparación inevitable entre quien jugaba a enamorar y quien realmente sabĆa quedarse.
AhĆ es donde muchas personas entienden algo devastador: la paz que aburrĆa era, en realidad, amor maduro. La estabilidad que parecĆa rutina era privilegio. La presencia constante que dejaron de valorar era exactamente lo que el mundo escasea.
Pero cuando llega esa comprensión, a veces ya no queda nada que recuperar.
Porque incluso la persona mĆ”s noble se cansa de entregar el corazón a alguien que confunde calma con monotonĆa. TambiĆ©n aprende a cerrar puertas. TambiĆ©n aprende a dejar de insistir. TambiĆ©n descubre que amar no significa mendigar reciprocidad.
Y cuando eso sucede, no queda un villano ni una vĆctima. Solo queda una lección brutal: perder a alguien genuino por perseguir emociones pasajeras es una deuda emocional que suele cobrarse aƱos despuĆ©s, en silencio, cuando ya nadie responde igual, cuando todo parece mĆ”s vacĆo, y cuando se entiende que no era aburrimiento lo que habĆa… era paz.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y mƔs allƔ. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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