Mi diairo hoy


9 de mayo de 2026

Querido diario:
Dia de la Victoria

Hay días que uno guarda en el corazón como se guarda una fotografía antigua entre las páginas de un libro. Hoy fue uno de esos días.

Había en nuestro sábado una calma compartida, un silencio cómodo que solo Natasha y yo entendemos. Entre el vapor del té y los cojines dispuestos frente a la pantalla, abrimos la puerta de casa para que Moscú se instalara con nosotros.

Pero hoy Moscú no solo entró a la sala. Hoy Moscú estaba viva ahí afuera, palpitando. Desde nuestra ventana podíamos intuir el rumor de la ciudad vestida de gala. El Día de la Victoria. Decidimos verlo por televisión, porque salir era casi imposible, las calles completamente colapsadas de gente, de banderas, de flores. Los soldados marchando por la Plaza Roja con esa precisión casi sobrehumana, los aviones trazando estelas de colores sobre las cúpulas doradas que yo conozco desde hace tantas décadas. Porque Moscú y yo tenemos una historia larga. Llegué por primera vez a finales de los 70, estudiante joven en la Universidad Patricio Lumumba, con la cabeza llena de preguntas y las maletas llenas de ilusiones. Me quedé hasta mediados de los 80. Esta ciudad me formó, me moldeó, me enseñó a leer el invierno y a respetar el silencio. Y ahora, tantos años después, aquí sigo. O aquí volví. Da igual, porque Moscú siempre termina por reclamarte.

Natasha me apretó la mano sin decir nada cuando pasaron los veteranos por la pantalla. No hacía falta decir nada.

Al caer la tarde salimos a cenar. La ciudad seguía con ese pulso festivo y solemne al mismo tiempo, esa mezcla tan moscovita de orgullo y melancolía que aprendí a amar desde aquellos tiempos de estudiante. La conversación fue de esas que no se planean y por eso llegan tan hondo. Ella me habló de los suyos, de los que no volvieron de lo que aquí llaman la Gran Guerra Patria. Nombres que ella pronuncia con una suavidad casi ritual, como si las palabras los cuidaran. La escuché con toda el alma.

Y entonces le hablé de mi papá. De cómo la guerra lo encontró a él también, del otro lado del mundo, en el Pacífico. Estuvo en Pearl Harbor, nada menos. Vivió en carne propia ese 7 de diciembre del 41 que partió la historia en dos. Sirvió junto a la marina norteamericana y cargó con esas memorias toda su vida, con la discreción y la dignidad de los hombres que vieron demasiado.

Qué cosa tan extraña y hermosa, pensé. Que yo, hijo de ese hombre, haya terminado estudiando en la Lumumba, en plena Guerra Fría, en la misma ciudad que entonces era el corazón de un mundo que mi padre había combatido indirectamente. Y que ahora, cerrado el círculo, esté aquí de nuevo, junto a Natasha, escuchando cómo esta ciudad recuerda su propia guerra mientras yo recuerdo la mía heredada.

Esta noche, querido diario, dos memorias distintas compartieron la misma mesa, en la misma casa, en el corazón de esta ciudad que hoy no dejó de recordar. Y eso se sintió como un puente tendido sobre ochenta años de historia, y sobre toda una vida de la mía.


 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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