El cumpleaños que me devolvió a mí mismo


Por: Ricardo Abud

El mes de julio amaneció diferente. No hubo mensajes masivos, no sonó el teléfono con falsas promesas de encuentros que nunca sucederían. Ese día cumplí un año más, y lo celebré de la manera más inesperada: solo. Yo y una torta. Y aunque al principio dolió imaginar ese escenario, cuando finalmente llegó, descubrí algo que jamás pensé encontrar: la paz más honesta que había experimentado en años.

Me había alejado de tanta gente. Poco a poco, sin dramatismos ni grandes despedidas, simplemente fui soltando manos que ya no me sostenían, que solo fingían hacerlo. Y ese día, frente a esa torta sencilla y sus velas solitarias, entendí que no había perdido nada. Había ganado algo mucho más valioso: mi autenticidad.

No huí. Elegí. Elegí la paz sobre el ruido. Elegí la soledad consciente sobre la compañía vacía. Elegí dejar de conformarme con espejismos emocionales, con esas relaciones que se sostienen por inercia, por costumbre, por miedo a estar solos. Aprendí, de la manera más cruda pero también más liberadora, que no todo el que te rodea está realmente contigo.

Ese 24 de julio no hubo aplausos falsos ni abrazos de compromiso. No hubo conversaciones superficiales ni sonrisas de cortesía. Solo estaba yo, mi reflejo en el espejo y una verdad imposible de ignorar: crecer duele, sanar cuesta, enfocarse exige sacrificios. Y a veces, el precio de todo eso es la soledad. Pero no cualquier soledad. La soledad que construye, la que fortalece, la que te obliga a mirarte sin filtros y reconocerte sin máscaras.

Preferí el eco de mi propio silencio que el escándalo de la hipocresía. Preferí caminar solo que seguir estancado con personas sin dirección, con almas que no sabían a dónde iban pero que exigían que yo les hiciera compañía en su deriva. Y en ese momento, frente a esa torta, soplar esas velas se sintió como el acto más revolucionario que había hecho en mucho tiempo.

Me estaba perdiendo de muchos, es cierto. Pero me estaba encontrando a mí mismo. Y ese encuentro, ese reencuentro conmigo, valió cada ausencia, cada silla vacía, cada mensaje que nunca llegó.

Partí esa torta solo. Cada rebanada fue un pedazo de libertad reconquistada. Cada bocado, una celebración silenciosa de mi valentía para elegirme, para no negociar mi paz mental por llenar espacios con gente equivocada. No hubo brindis ni fotografías para redes sociales. Solo hubo verdad. Y la verdad, aunque a veces solitaria, siempre es más habitable que la mentira acompañada.

Ese día me volví más fuerte. Más libre. Más real. Porque aprendí algo que nadie te enseña en las fiestas llenas de gente: el que aprende a estar solo, el que se atreve a habitar sin huir de sí mismo, se vuelve invencible. No porque no necesité a nadie, sino porque ya no necesita a cualquiera.

El 24 de julio fue mi cumpleaños. Estuve solo. Yo y mi torta. Y fue, paradójicamente, el día en que más acompañado me sentí a mí mismo. El día en que dejé de buscar validación externa y encontré algo mucho mejor: mi propia aprobación, mi propia compañía, mi propia certeza.

No todos los cumpleaños necesitan multitudes. Algunos solo necesitan coraje. El coraje de mirarte al espejo y decirte: "Te elijo. Sobre todo y sobre todos, te elijo a ti". Y eso, eso sí es digno de celebrarse.

Feliz cumpleaños a quien tuve el valor de convertirme.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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