El Salmo 14 comienza con una de las declaraciones más conocidas de toda la Escritura: "Dice el necio en su corazón: No hay Dios." Esta afirmación requiere un análisis cuidadoso porque el hebreo no está describiendo necesariamente ateísmo teórico o filosófico, sino lo que podríamos llamar ateísmo práctico. El "necio" (nabal en hebreo) no es simplemente alguien con un déficit intelectual sino alguien moralmente corrupto que vive como si Dios no existiera o no importara. La negación de Dios ocurre "en su corazón", es decir, en el centro de su voluntad y deseos, no necesariamente en su mente teórica.
La conexión inmediata entre negar a Dios y la corrupción moral es fundamental en la teología del salmo: "Se han corrompido, hacen obras abominables; no hay quien haga el bien." Esta secuencia no es accidental. El salmista entiende que las creencias teológicas tienen consecuencias éticas inevitables. Cuando Dios es eliminado de la ecuación moral, cuando no hay una autoridad trascendente que defina el bien y el mal, cuando la vida se reduce a procesos materialistas sin propósito último, entonces la base para la moralidad objetiva se desintegra. No es que los ateos individuales no puedan ser morales, sino que el ateísmo como cosmovisión socava los fundamentos para afirmar cualquier moralidad universal.
El panorama que pinta el salmo es desolador en su universalidad: "Yahvé miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido, que buscara a Dios. Todos se desviaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno." Esta evaluación divina de la humanidad es devastadora. Dios realiza un escrutinio exhaustivo desde su posición celestial y su veredicto es unánime: la corrupción es total. Esta misma evaluación será citada posteriormente por el apóstol Pablo en su exposición sobre la condición humana universal en Romanos 3, estableciendo un puente teológico entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.
Lo que hace particularmente escalofriante el análisis del salmo es la ceguera moral de los malvados: "¿No tienen discernimiento todos los que hacen iniquidad, que devoran a mi pueblo como si comieran pan, y no invocan a Yahvé?" La imagen de devorar personas como quien come pan sugiere una naturalización de la opresión, una normalización de la explotación que ha perdido cualquier conciencia de transgresión. Los opresores han llegado a un punto donde su maldad es tan automática como comer, donde no experimentan conflicto interno por sus acciones. No invocar a Yahvé no es meramente un olvido litúrgico sino un rechazo funcional de cualquier accountability moral ante un poder superior.
Sin embargo, el salmo da un giro cuando describe el terror súbito de los malvados: "Allí temblaron de espanto, porque Dios está con la generación de los justos." Hay un momento de despertar, una revelación aterradora cuando los que han vivido como si Dios no existiera descubren que Él ha estado presente todo el tiempo. La presencia de Dios con los justos no es solo consuelo para estos sino juicio implícito para los opresores. El intento de frustrar "el consejo del afligido" se encuentra con una resistencia divina inesperada: "Yahvé es su refugio." Los pobres y oprimidos tienen un defensor que los malvados no habían considerado.
El salmo concluye con un anhelo mesiánico: "¡Oh, que de Sion saliera la salvación de Israel! Cuando Yahvé hiciera volver a los cautivos de su pueblo, se gozará Jacob, se alegrará Israel." Esta conclusión sitúa el problema de la maldad humana en un marco escatológico más amplio. La solución no es meramente correctiva sino que requiere una intervención salvífica dramática de Dios mismo. El regreso de los cautivos funciona como metáfora de una restauración completa donde la condición humana corrompida será transformada.
Para el lector contemporáneo, el Salmo 14 plantea preguntas incómodas sobre nuestra propia "necedad" práctica. No necesitamos declarar verbalmente que Dios no existe para vivir como necios en el sentido bíblico. Cada vez que tomamos decisiones éticas sin referencia a Dios, cada vez que explotamos a otros para nuestro beneficio, cada vez que vivimos como si no tuviéramos que rendir cuentas ante nadie más que nosotros mismos, estamos diciendo en nuestros corazones "no hay Dios". El salmo nos invita a un examen honesto: ¿están nuestras acciones diarias en consonancia con nuestra confesión teológica? ¿O somos ateos prácticos que mantenemos una ortodoxia nominal mientras vivimos según nuestra propia autonomía moral? La diferencia entre el sabio y el necio no se encuentra finalmente en lo que profesamos creer sino en cómo ese Dios en quien decimos creer transforma concretamente nuestra manera de tratar a los demás, especialmente a los vulnerables.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

0 Comentarios