Mi diario hoy


Miércoles, 11 de febrero de 2026
Querido diario:

Hoy el metro de Moscú ha decidido convertirse en el purgatorio de Dante con calefacción incluida. El frío afuera es tan brutal que hasta los osos polares estarían pidiendo asilo político en el Sahara, así que toda la humanidad moscovita se ha volcado hacia las entrañas subterráneas como lemmings huyendo de un documental de National Geographic.

Allá arriba, las calles están más vacías que las promesas de Año Nuevo. Aquí abajo, en el metro, somos una masa humana compactada al vacío, respirando el mismo aire reciclado desde la época de los zares.

Y yo, en medio de esta odisea subterránea matutina, he llegado al trabajo para convertirme en una máquina de producir análisis y escritos. Papel tras papel, como si estuviera escribiendo la enciclopedia completa del aburrimiento corporativo. Las palabras brotan de mis dedos como sudor frío: inevitables, incómodas, pero necesarias para la supervivencia.

Pero entonces, al final de la tarde, cuando el sol ya se ha rendido ante Moscú (si es que alguna vez intentó aparecer), mis compañeros lanzan la propuesta fatal: "Unas cervezas". 

Y yo ese idiota romántico que aún cree en la libertad individual acepto.

Balodia, mi fiel escudero de cuatro ruedas y mil chirridos, me llevará después a casa. Pero mientras brindamos y las cervezas caen como dominó líquido, la realidad se cierne sobre mí como una nube de tormenta perfectamente visible: Natasha.

Mi Natasha. Mi fiscal personal. Mi comisaria política del matrimonio.

Porque hoy, en este preciso día de congelación masiva y cerveza liberadora, yo he cometido la herejía suprema: he salido sin consultar con el Soviet Doméstico. He ejercido mi derecho a la cerveza sin pasar por el Comité Central de Aprobación de Actividades Extracurriculares.

Ya la veo: sentada en el trono del sofá, tejiendo mi condena con hilos de silencio. Los próximos días serán el Gulag del matrimonio: monosílabos como pan duro, miradas que cortan más que el viento siberiano, y ese silencio ese terrible silencio que es peor que mil discursos.

"Otra", pido, porque si voy a morir, que sea con honor etílico.

Balodia me espera afuera, inconsciente de que no es un taxi sino un carro fúnebre. Me llevará a casa, sí. Pero casa hoy será menos un hogar y más un tribunal revolucionario donde yo seré juzgado, condenado y sentenciado al ostracismo conyugal.

El metro sigue tragándose multitudes. Yo me trago mi destino, cerveza a cerveza, brindis a brindis.

La libertad, queridos camaradas, es solo una ilusión que recordamos entre el primer y el tercer shot de vodka.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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