En el fondo sabía que iba a estrellarme, pero no quise frenar.
Esas señales que ignoré, esas mentiras que tragué completas, esos silencios que me gritaban la verdad... todo estaba ahí, frente a mí, como luces rojas en medio de la niebla. Pero seguí acelerando, aferrándome al volante como si la velocidad pudiera salvarme del inevitable impacto.
Porque el corazón es terco. Y cuando amas, cuando realmente amas, eliges creer en la versión del otro que construiste en tu cabeza, no en la que te está traicionando en la realidad.
Me engañaste. Te burlaste de mí. Y lo peor no fue descubrirlo—lo peor fue darme cuenta de cuánto tiempo llevabas haciéndolo mientras yo justificaba cada duda, cada inconsistencia, cada vez que mi instinto me suplicaba que abriera los ojos.
Hubo noches dando vueltas sin parar, manejando por calles vacías tratando de entender dónde me perdí yo en todo esto. Sin frenar, porque detenerme significaba enfrentar el silencio, ese silencio ensordecedor donde solo quedaba el eco de mi propia ingenuidad.
Pero algo extraño sucede cuando tocas fondo: te das cuenta de que sobreviviste al impacto. Que estás roto, sí, pero respirando. Y que cada vuelta sin frenar te estaba enseñando algo fundamental—que merecías alguien que no te hiciera dudar, que no te convirtiera en detective de tu propia relación, que no te robará la paz mientras fingía dártela.
Ya lo superé. No de la forma romántica en que lo pintan las películas, donde de repente estás bien y todo tiene sentido. Lo superé de la forma real: un día a la vez, reconstruyéndome desde los pedazos que quedaron después del choque, aprendiendo a frenar cuando algo no se siente bien, honrando mi intuición en lugar de silenciarla.
Porque, el verdadero accidente no fue que te fueras.
Fue todo el tiempo que pasé convenciéndome de quedarme.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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