Hay heridas que no sangran pero que duelen con una profundidad que atraviesa los huesos. Hay lecciones que no se aprenden en libros, sino en la carne viva de la decepción. Y hay personas que llegan a nuestras vidas no para quedarse, sino para enseñarnos exactamente por qué debimos haber mantenido cerrada la puerta.
Durante aƱos construimos muros. Piedra sobre piedra, silencio sobre silencio, distancia sobre distancia. No porque seamos frĆos por naturaleza, sino porque hemos aprendido a golpes que la vulnerabilidad tiene un precio que no siempre estamos dispuestos a pagar. Nos llaman distantes, desconfiados, cerrados. Lo que no saben es que cada una de esas barreras tiene un nombre, una fecha, una cicatriz.
Y entonces aparece alguien. Alguien que logra lo imposible: despertar algo que creĆamos dormido para siempre. Nos convence, sin palabras o con todas las palabras correctas, de que esta vez serĆ” diferente. De que esta vez vale la pena arriesgarse. Nos quitamos el chaleco antibalas, bajamos las defensas, permitimos que nos vean tal como somos.
No es el rechazo lo que mĆ”s duele. Es darte cuenta de que demostraste tu valor a alguien que tenĆa los ojos cerrados. O peor: a alguien que vio perfectamente todo lo que eras y aun asĆ eligió destruirlo. Porque hay personas que no tropiezan con tu corazón por accidente; lo pisan sabiendo exactamente dónde estĆ”n caminando.
El problema nunca fue confiar. El problema fue confiar en quien nunca mereció ese honor. Fue entregar lo mejor de nosotros a quien solo buscaba llenar un vacĆo temporal, a quien nos usó como escalón mientras decidĆa quĆ© realmente querĆa, o a quien simplemente le daba igual cuĆ”ntos corazones dejaba rotos en el camino de sus propios deseos.
Pero aquà estÔ la paradoja mÔs hermosa: la persona que nos enseñó a no confiar fue la misma que nos enseñó el verdadero significado de la sanidad. Nos mostró que estar solos no es un castigo sino una elección consciente, un acto de amor propio disfrazado de soledad.
Nos quedamos solos porque aprendimos que hay batallas que no vale la pena pelear. Que hay personas que no merecen ni la energĆa de un mensaje de buenos dĆas, ni flores que se marchitarĆ”n junto con sus promesas vacĆas, ni planes que solo servirĆ”n para acumular mĆ”s desilusiones, ni siquiera una despedida formal. A veces, el silencio es la Ćŗnica respuesta digna ante quien nunca supo valorar el sonido de tu voz.
Elegimos la soledad no porque hayamos perdido la fe en el amor o en las conexiones humanas, sino porque finalmente entendimos nuestro propio valor. Preferimos el silencio honesto de nuestra propia compaƱĆa antes que escuchar mentiras envueltas en papel de regalo mientras sentimos el cuchillo entrando lentamente por la espalda.
La soledad dejó de ser un vacĆo para convertirse en un espacio sagrado. Un lugar donde nadie puede lastimarnos porque hemos aprendido a protegernos. No con frialdad, sino con sabidurĆa. No con miedo, sino con respeto propio.
Y quizƔs eso es lo mƔs valiente de todo: reconocer que algunas personas llegaron solo para enseƱarnos lo que no queremos, lo que no merecemos, lo que no volveremos a tolerar. Son maestros involuntarios de una clase que nunca pedimos tomar, pero que necesitƔbamos aprobar.
Quedarse solo despuĆ©s de haber estado dispuesto a compartirlo todo no es rendirse. Es graduarse. Es entender que no estar con nadie no significa que algo estĆ© mal en nosotros; significa que tuvimos el coraje de no conformarnos con alguien que no sabĆa ni siquiera lo que buscaba, o que lo sabĆa demasiado bien y no le importó arrastrarnos en su confusión.
Al final, hay una extraƱa paz en todo esto. Una paz que solo puede entender quien ha pasado por el fuego y ha salido con la piel marcada pero el espĆritu intacto. Nos quedamos solos, sĆ, pero nos quedamos enteros. Y eso, despuĆ©s de todo, es infinitamente mejor que estar acompaƱados mientras nos desmoronamos.
Porque aprendimos que el amor propio no grita, no ruega, no persigue. Simplemente cierra la puerta con firmeza y sigue adelante. Y si eso significa caminar solo, que asĆ sea.
Mejor solo que mal acompaƱado, dice el refrƔn. Pero la verdad es mƔs profunda: mejor solo y en paz, que acompaƱado y en guerra con uno mismo.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan
Los quiero hasta el infinito y mƔs allƔ. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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