El Salmo 11 representa una de las declaraciones más firmes de confianza en Dios que encontramos en el Salterio. Atribuido al rey David, este poema surge en un contexto de amenaza inminente donde los consejeros del salmista le recomiendan huir como un ave a los montes. Sin embargo, la respuesta del autor es categórica: su refugio no está en la fuga sino en Yahvé. Esta actitud desafía la lógica humana de autopreservación y nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de la fe verdadera cuando las circunstancias se tornan adversas.
La estructura del salmo se desarrolla en tres movimientos principales. Primero, encontramos el consejo de los temerosos que instan a la huida ante el peligro de los impíos que tensan sus arcos en la oscuridad. Esta imagen es particularmente poderosa porque representa no solo la amenaza física sino también el ataque furtivo y traicionero que busca destruir al justo sin aviso previo. Los fundamentos están siendo destruidos, preguntan los consejeros, ¿qué puede hacer el justo? Esta pregunta retórica refleja una desesperanza que el salmista rechazará completamente.
El segundo movimiento presenta la respuesta teológica del salmista: Yahvé está en su santo templo, su trono está en los cielos. Esta afirmación cosmológica establece que, a pesar del caos aparente en la tierra, Dios mantiene su soberanía absoluta. Sus ojos observan, sus párpados examinan a los hijos de los hombres. La imagen de los párpados de Dios sugiere un escrutinio cuidadoso y penetrante que nada escapa. Dios no es un espectador pasivo sino un juez activo que evalúa tanto al justo como al impío, pero su alma aborrece al que ama la violencia.
El tercer movimiento describe el juicio divino con imágenes apocalípticas: sobre los malvados lloverá brasas de fuego, azufre y viento abrasador. Esta imagería evoca la destrucción de Sodoma y Gomorra, estableciendo una continuidad en el actuar de Dios contra la maldad extrema. El contraste final es hermoso en su simplicidad: Yahvé es justo y ama la justicia; los rectos verán su rostro. Ver el rostro de Dios en la literatura bíblica representa la máxima intimidad y bendición, el objetivo último de toda búsqueda espiritual.
Este salmo nos desafía en múltiples niveles. Primero, cuestiona nuestra tendencia natural a buscar soluciones humanas ante problemas espirituales. La huida a los montes representa todas aquellas estrategias de evitación que implementamos cuando la fe es puesta a prueba. Segundo, nos recuerda que la perspectiva correcta sobre nuestras circunstancias debe comenzar con una correcta comprensión de quién es Dios y dónde está ubicado en relación a nuestros problemas. Tercero, nos asegura que la justicia divina, aunque a veces parezca demorar, es inevitable y precisa.
En el contexto contemporáneo, el Salmo 11 habla poderosamente a creyentes que enfrentan persecución, injusticia sistemática o amenazas por su fe. Nos recuerda que la tentación de comprometer nuestros valores o escondernos de nuestro testimonio público debe ser resistida con una confianza radical en la soberanía de Dios. La pregunta "¿qué puede hacer el justo?" encuentra su respuesta no en la acción humana sino en la confianza inquebrantable en que Dios ve, juzga y vindicará. Esta es una fe que no ignora la realidad del peligro pero que la subordina a una realidad mayor: la presencia y el poder del Dios que reina desde su trono celestial y que garantiza que al final, son los rectos quienes contemplarán su rostro.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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