Mi diario hoy


Domingo, 1 de febrero de 2026
Querido diario:

Hoy Natasha decidió que era el día perfecto para ir a esquiar por los bosques cercanos a Moscú. Y cuando Natasha decide algo, el universo simplemente obedece. No hay debate, no hay negociación. Solo hay "da" o "da, pero más rápido".

Nos levantamos a las 6 de la mañana (porque aparentemente esquiar requiere madrugar como si fuéramos panaderos), nos enfundamos en suficientes capas de ropa como para parecer cosmonautas perdidos, y partimos hacia los bosques con nuestros esquís de fondo. El termómetro marcaba -15°C, pero Natasha insistió en que era "un clima agradable, casi primaveral". Esa mujer tiene anticongelante en las venas, estoy seguro.

Los bosques estaban preciosos, cubiertos de nieve como una postal navideña estereotipada. Árboles de abetos que parecían sacados de un cuento de hadas, silencio absoluto interrumpido solo por el crujido de la nieve bajo los esquís, y yo resoplando como locomotora antigua porque resulta que el esquí de fondo es básicamente correr con tablas en los pies mientras finges que te diviertes.

Natasha se deslizaba con la elegancia de una bailarina del Bolshói. Yo me deslizaba con la elegancia de una foca en tierra firme. Cada vez que intentaba imitar su técnica perfecta, mis esquís se cruzaban en una forma geométricamente imposible y terminaba besando la nieve. "¡No es tan difícil!" gritaba ella desde 50 metros adelante, mientras yo contemplaba si era demasiado tarde para fingir una lesión.

Pasamos por claros blanquísimos donde el sol se filtraba entre las ramas, vimos huellas de liebres (o eso dijo Natasha, yo solo veía marcas en la nieve), y nos detuvimos a tomar té caliente de un termo que ella había traído. Ese termo era lo único que evitaba que mis órganos internos se convirtieran en paletas heladas.

El paisaje era realmente espectacular, tengo que admitirlo. Había algo mágico en deslizarse entre esos árboles centenarios, completamente solos en medio del bosque invernal. Claro, ese momento mágico terminó cuando traté de esquiar cuesta abajo con estilo y acabé enrollado alrededor de un pino como decoración navideña humana.

Natasha se rió tanto que casi se cae también. Casi. Porque ella nunca se cae. Es física y gravitacionalmente imposible.

Después de cuatro horas de "diversión" (según Natasha) o "tortura voluntaria en un paisaje bonito" (según mi definición), regresamos al apartamento. Yo me tiré en el sofá, convencido de que había ganado el derecho de hibernas hasta marzo.

Apenas había cerrado los ojos cuando sentí un coñazo en el hombro.

"¡Despierta! ¡Tenemos que ir al mercado antes de que se acabe el pescado fresco!"

Y ahí estaba Natasha, completamente fresca como si no hubiéramos esquiado ni un metro, mientras yo me preguntaba si el matrimonio incluía cláusula de devolución.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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