El empoderamiento se convierte en arma (Princeso)


Por:  Ricardo Abud

Hay algo profundamente contradictorio sucediendo en las dinámicas relacionales modernas. Mientras proclamamos la importancia del respeto mutuo y la igualdad, algunos comportamientos revelan que quizás no hemos aprendido las lecciones que creíamos haber dominado.

Existe un fenómeno que merece nuestra atención crítica: el uso de términos despectivos para ridiculizar a quienes no cumplen con expectativas de género específicas (Princeso). Lo irónico es que esto ocurre precisamente en espacios donde se supone que estamos desmantelando esos roles tradicionales.

Imaginemos por un momento a un hombre que establece límites saludables en su relación. Uno que comunica claramente qué está dispuesto a hacer y qué no. Uno que rechaza la idea de que debe cargar solo con todas las responsabilidades económicas, emocionales o domésticas de su pareja. ¿Cómo debería llamarse a este comportamiento? En una sociedad genuinamente equitativa, lo llamaríamos madurez. Lo llamaríamos autoconocimiento. Lo llamaríamos salud emocional.

Sin embargo, en lugar de eso, algunos han encontrado conveniente etiquetarlo con burla. Han elegido términos que infantilizan, que pretenden usar y que buscan avergonzar. Y lo hacen con una sonrisa, como si el humor justificara la crueldad subyacente.

Aquí reside el corazón del problema: la disonancia cognitiva que permite exigir la liberación de los roles tradicionales para uno mismo mientras se castiga a otros por hacer exactamente lo mismo.

Es el equivalente emocional de querer tener el pastel completo y comérselo también. Se rechaza la idea del hombre proveedor todopoderoso... pero sólo hasta cierto punto. Se celebra la independencia femenina... pero se ridiculiza cuando un hombre espera reciprocidad en las responsabilidades. Se critica el machismo tradicional... mientras se emplea la vergüenza social para forzar comportamientos tradicionalmente masculinos.

Esta hipocresía no solo es deshonesta; es profundamente dañina para todos los involucrados.

Cuando utilizamos el ridículo como herramienta de control social, revelamos algo inquietante sobre nuestras verdaderas intenciones. No estamos buscando igualdad; estamos negociando privilegios. No queremos liberarnos de las expectativas de género; queremos elegir cuáles nos convienen y descartar las que no.

Un hombre que establece límites no está siendo difícil, egoísta o inadecuado. Está haciendo exactamente lo que le enseñamos que debía hacer: comunicarse honestamente, conocerse a sí mismo, no perderse en las expectativas ajenas. Está, en resumen, siendo un adulto funcional.

Pero cuando castigamos este comportamiento con burla, enviamos un mensaje claro: "Tu autonomía sólo es válida si sirve a mis necesidades. Tu crecimiento personal solo importa si no me incomoda. Tus límites sólo son respetables si no interfieren con mis expectativas".

Las palabras importan. El lenguaje que usamos para describir comportamientos moldea cómo los percibimos. Cuando normalizamos términos despectivos para conductas saludables, estamos envenenando el pozo del que todos bebemos.

¿Qué sucede con los hombres jóvenes que observan esto? Aprenden que establecer límites los hará objeto de burla. Que cuidar su bienestar emocional es motivo de vergüenza. Que negarse a cumplir roles tradicionales que ya no queremos... de alguna manera los hace menos valiosos.

Y esto no beneficia a nadie. Ni a ellos, ni a las personas que eventualmente se relacionarán con versiones de sí mismos que aprendieron a reprimir sus necesidades por miedo al ridículo social.

Si realmente queremos construir relaciones más equitativas y saludables, necesitamos comenzar por la honestidad radical con nosotros mismos.

¿Queremos igualdad o queremos conveniencia? ¿Buscamos respeto mutuo o simplemente una redistribución del poder que nos favorezca? ¿Estamos dispuestos a soltar todos los privilegios de los roles tradicionales, o solo aquellos que nos pesan?

El respeto genuino no puede ser selectivo. No podemos exigir consideración para nuestras elecciones mientras ridiculizamos las de otros. No podemos celebrar la liberación de las expectativas de género en abstracto y luego castigar a quienes las rechazan en la práctica.

Un hombre que establece límites no es ningún insulto disfrazado. Es simplemente un ser humano que ha decidido no vivir para complacer las expectativas ajenas. Y eso, lejos de merecer burla, merece el mismo respeto que reclamamos para nosotros mismos cuando hacemos lo mismo.

La verdadera revolución en las dinámicas de género no vendrá de cambiar quién tiene el poder de ridiculizar a quién. Vendrá cuando finalmente aprendamos que ridiculizar a alguien por establecer límites saludables nunca debió ser aceptable para nadie, sin importar su género.

Quizás es hora de preguntarnos: ¿estamos construyendo un mundo más justo, o simplemente reorganizando las jerarquías a nuestro favor? La respuesta a esa pregunta dirá mucho más sobre nuestro carácter de lo que cualquier etiqueta despectiva podría decir sobre quienes pretendemos juzgar.


Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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