Hoy el bolívar despertó con ganas de jugar a ser moneda fuerte. Bajó frente al dólar, y uno esperaría, con esa inocencia que aún nos queda, que los precios bajarán también. Pero no. Los precios están cómodos allá arriba, como turistas en el Ávila, disfrutando la vista y sin intención de descender. Porque en esta tierra bendita, las leyes de la economía son apenas sugerencias, como las señales de tránsito o los horarios de atención al público.
La viveza criolla, ese superpoder nacional que nos hace sentir orgullosos en las anécdotas pero miserables en la práctica, sigue galopando sin freno. El bodeguero ya ajustó precios "por si acaso sube mañana", el del restaurante cobra en dólares pero paga en bolívares devaluados, y el importador tiene una calculadora cuántica que solo él entiende. Todos son víctimas, todos son victimarios, y el ciudadano común es el extra en esta película de terror económico que ya va por la temporada 25.
Lo fascinante es la gimnasia mental colectiva: el dólar baja pero "hay que protegerse de la inflación", los inventarios se compraron "cuando estaba más caro", y siempre hay un primo en Miami que cobra las comisiones misteriosas que justifican cualquier sobreprecio. La especulación se viste de prudencia empresarial, y la codicia lleva corbata de necesidad. Somos un país de economistas empíricos donde todos entienden de macroeconomía lo suficiente para justificar su propio bolsillo, pero nunca para entender el ajeno.
Mientras tanto, el ciudadano de a pie hace malabares con su salario, que alcanza para poco cuando el dólar estaba alto y sigue alcanzando para poco ahora que supuestamente bajó. Calcula, recalcula, compra por gotas, estira el presupuesto como chicle viejo. Y aprende la lección más venezolana de todas: que los números en este país son decorativos, que la lógica es un lujo de países aburridos, y que la coherencia económica es para los que no tienen imaginación.
La conciencia, esa ilustre desaparecida, fue vista por última vez en algún manual de economía básica que nadie leyó. Porque aquí cada quien agarra lo que puede mientras puede, no vaya a ser que mañana las reglas cambien otra vez. Es el sálvese quien pueda disfrazado de "así son las cosas", la cultura del atajo convertida en sistema operativo nacional.
Y así seguimos, en este carrusel mareador donde el bolívar sube y baja, los precios solo suben, los salarios se quedan abajo, y la viveza criolla cabalga triunfante sobre la tumba del sentido común. Bienvenidos a la economía del absurdo, donde la única regla es que no hay reglas, excepto una: el que pestañea, pierde. Y todos pestañeamos de cansancio.
QUE ARRECHERA TAN ARRECHA PUES.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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