El telar del instante


Por: Ricardo Abud

Tejes un mundo con hilos de seda y humo. Levantas ciudades en la palma de tu mano, gobiernas imperios que duran lo que un suspiro, disfrazas la realidad con máscaras de sueños. La creación te absorbe, te vuelve artífice de realidades paralelas donde el tiempo parece detenerse.

Mientras dibujas esas geometrías imaginarias, el tiempo resbala por tu espalda como agua entre los dedos. No lo sientes porque estás demasiado ocupado siendo el dios de tu propio universo creado. Las horas se vuelven maleables, los días se pliegan como telas, los años se deslizan sin hacer ruido.

En algún momento levantas la vista y notas que la luz ha cambiado. Ves las sombras más largas, el polvo acumulado en los rincones, las arrugas que antes no estaban alrededor de tus ojos. Percibes que algo ha transcurrido, que no eres el mismo que comenzó a tejer. Y sin embargo, en ese instante de lucidez, algo dentro de ti susurra que todavía hay tiempo, que el tiempo te pertenece, que puedes disponer de él como el hacedor dispone de sus criaturas imaginarias.

Esta ilusión de propiedad es la más tenaz de todas. Creemos tener el tiempo en un puño, administrarlo, poseerlo como se posee una casa o un nombre. Pero el tiempo no es siervo de nadie, no reconoce dueños ni señores, no negocia con la soberbia de quienes pretenden dominarlo. Pasa simple, incontestable, ajeno a nuestras artesanías y disfraces.

Así, entre invenciones y posesiones imaginarias, la vida se escapa sin haber sido vivida del todo. No la sentimos plena porque siempre estamos en otra parte: en el mundo que construimos, en el mañana que proyectamos, en el ayer que recordamos, rara vez en el ahora que nos sostiene. La vida verdadera ocurre en los intersticios de nuestras distracciones, en esos momentos que desestimamos por considerarlos demasiado simples o demasiado reales.

Quizás el arte de vivir consista en recordar, mientras tejemos nuestros mundos, que también somos tejidos. Que el tiempo nos crea mientras creemos crearlo. Que cada instante, por fugaz que sea, merece ser habitado con la misma intensidad con que habitamos nuestras ficciones más queridas. Porque al final, cuando el telar se detenga, no quedará más que esto: la calidad de nuestra atención al misterio de estar vivos.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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