Venezuela no es solo un paĆs. Es una herida abierta que late, que respira, que llora y que canta al mismo tiempo. Es millones de historias de maletas hechas con el corazón roto, de despedidas en aeropuertos que no deberĆan haber existido, de manos que se sueltan sin querer soltarse. Venezuela es el nombre que uno pronuncia en voz baja cuando estĆ” lejos, como si nombrarlo muy fuerte pudiera doler mĆ”s. Un sentimiento que conozco en demasĆa.
Y en medio de todo ese dolor, llegó una pelota.
Una pelota blanca, de costuras rojas, lanzada con fe, golpeada con hambre, atrapada con orgullo. Llegó el ClĆ”sico Mundial de BĆ©isbol y con Ć©l, algo que este pueblo no esperaba tan urgente: una razón para pararse de nuevo. Una razón para gritar. Una razón para llorar, pero esta vez de alegrĆa.
Porque hay algo que ningún decreto puede quitarle a Venezuela, y es el alma. Esa alma indestructible que vive en cada venezolano que madruga en tierra extraña soñando con el olor del café de su mamÔ. Esa alma que sobrevive en los que se quedaron adentro, sosteniéndose con dignidad cuando la dignidad cuesta sangre. Ese fuego que no se apaga, que no se rinde, que no conoce la derrota definitiva porque el venezolano ,cuando ama, ama de verdad.
Y estos jugadores lo saben. Lo llevan tatuado en el pecho aunque no se vea.
Cuando Venezuela venció a Japón, y anoche cuando doblegó a Italia, no solo estaba ganando partidos de bĆ©isbol. Estaba diciĆ©ndole al mundo algo que los venezolanos llevan tiempo intentando decir sin que nadie los escuche: "que somos grandes". Que la crisis no nos borró. Que el sufrimiento no nos apagó. Que seguimos aquĆ, de pie, bateando, corriendo, soƱando.
Cada jonrón fue un abrazo para el que llora en soledad en algĆŗn apartamento de Lima, de Madrid, de Miami, de Austin, de BogotĆ” e incluso de MoscĆŗ. Cada out lanzado fue una caricia para la abuela que ve el juego en una pantalla pequeƱa, con la luz temblorosa de una electricidad que va y viene, pero que esta noche, por favor Dios, que no se vaya. Cada celebración en el dugout fue la risa de un pueblo que no habĆa reĆdo asĆ en mucho tiempo.
La fe no es ciega. La fe es valiente. Es la que te hace ponerte el uniforme rojo, vino y amarillo sabiendo todo lo que carga ese colores, todo lo que significa, todo lo que se le ha pedido cargar a esta nación. La fe es la que te hace pararse al bate sin importar el marcador, sin importar el rival, sin importar las circunstancias, porque eres venezolano y los venezolanos no nacieron para rendirse.
Esta pelota llegó en el momento exacto. No es casualidad. Es como si el universo, en su infinita sabidurĆa, hubiera decidido darle a Venezuela una pausa de ternura. Un respiro. Un recordatorio de que la belleza todavĆa existe, de que la alegrĆa todavĆa tiene pasaporte venezolano, de que la esperanza no se fue con el Ćŗltimo vuelo.
Hoy, mientras Venezuela sale al campo una vez mÔs, millones de ojos ,de los que estÔn adentro y de los que estÔn afuera, van a mirar hacia ese diamante como se mira hacia algo sagrado. No porque el béisbol sea una religión, sino porque este equipo se ha convertido en el espejo del alma de un pueblo. Y en ese espejo, por primera vez en mucho tiempo, muchos venezolanos han visto algo que necesitaban ver desesperadamente:
"Su propio reflejo, y que aĆŗn es hermoso."
Seamos campeones o no, eso ya no es lo Ćŗnico que importa. Lo que importa es que este equipo le devolvió a Venezuela algo que nadie en ningĆŗn marcador puede medir: la sonrisa. La unidad. El orgullo sin miedo. El amor propio que se habĆa ido perdiendo entre tanto golpe.
Venezuela, tĆŗ que lloras lejos de casa: no estĆ”s solo. Venezuela, tĆŗ que resististe adentro: eres un hĆ©roe silencioso. Venezuela, tĆŗ quĆ© dudaste si todavĆa valĆa la pena soƱar: mira ese campo, mira a esos muchachos, y recuerda quiĆ©nes somos.
Hoy cuando el Ćŗltimo out se cante y las luces del estadio se apaguen, lo que quedarĆ” no serĆ” un simple nĆŗmero en una pizarra, sino el abrazo invisible de un paĆs que se encontró a sĆ mismo en la geometrĆa de un diamante. No importa el resultado contra EEUU, porque ya recuperamos el derecho sagrado a sentirnos invencibles, aunque sea por un instante. Que esta noche, cada rincón del mapa y cada coordenada donde se encuentre cualquier venezolano se unan en un solo latido que grite: "aquĆ estamos". Que el eco de este juego sea el bĆ”lsamo para la herida, el puente sobre cualquier distancia y el vuelo de regreso que todavĆa no hemos podido comprar. MaƱana seguiremos luchando, sĆ, pero hoy nos damos el lujo de ser simplemente felices, de vernos en ese espejo y reconocernos hermosos, valientes y, sobre todo, profundamente venezolanos. Porque pase lo que pase, este orgullo ya no nos lo quita nadie; nos pertenece de gratis, para siempre y hasta el infinito.
Somos los que no nos rendimos.
Somos los que, cuando todo duele, todavĆa sacamos fuerzas para batear.
"Y eso, mi amor, no me lo quita nadie."
Esta noche, Venezuela enfrenta a Estados Unidos. Pero el verdadero partido ya lo ganaron: le ganaron al olvido.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y mƔs allƔ. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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