Hay momentos en las relaciones donde el miedo susurra más fuerte que la confianza. Donde miramos a quien está a nuestro lado y, en lugar de verlo con claridad, proyectamos nuestras inseguridades más profundas.
Es doloroso admitirlo, pero a veces nos protegemos tanto del abandono que terminamos construyendo exactamente lo que tememos: distancia, desconfianza, soledad disfrazada de compañía.
Cuando mantenemos opciones abiertas "por si acaso", cuando guardamos contactos como red de seguridad, no estamos siendo astutos. Estamos confesando, sin palabras, que no creemos en lo que tenemos. Que el miedo a quedarnos solos pesa más que el valor de entregarnos completamente.
Y esa protección tiene un costo invisible: nunca experimentamos la profundidad real del amor, porque siempre tenemos una salida de emergencia marcada en rojo.
Hay quienes crean tormentas para ver si el otro se queda bajo la lluvia. Pequeños conflictos manufacturados, reacciones medidas, palabras calculadas para provocar una respuesta. Como si el amor necesita ser constantemente probado para ser real.
Pero el amor verdadero no se demuestra en el campo de batalla. Se construye en la cotidianidad, en la paciencia, en esos momentos donde elegimos la comprensión sobre la razón.
Quizás uno de los engaños más crueles que nos hacemos es quedarnos en relaciones que ya no nos nutren, simplemente porque el vacío nos aterroriza más que la insatisfacción. Nos convertimos en actores de nuestra propia vida, representando un papel de felicidad mientras por dentro nos marchitamos.
Y en ese teatro, no solo nos engañamos a nosotros mismos. Le robamos al otro la oportunidad de estar con alguien que lo elija genuinamente, no por defecto.
Todos tenemos herramientas emocionales. Sabemos qué palabras duelen, cuáles sanan, cómo obtener lo que queremos. Y cuando usamos esas herramientas con intención de control en lugar de conexión, cruzamos una línea invisible.
Las lágrimas pueden ser auténticas o estratégicas. Los halagos pueden nacer del corazón o del cálculo. La diferencia está en la intención, y solo nosotros conocemos la verdad de nuestros propios motivos.
Todos guardamos algo. Pensamientos que no compartimos, dudas que no expresamos, verdades que ocultamos creyendo que protegemos al otro cuando en realidad nos protegemos a nosotros mismos.
Pero los secretos son como grietas en los cimientos. Invisibles al principio, pero capaces de derrumbar todo cuando el peso se vuelve insostenible.
Estas sombras no pertenecen a un género, a una edad, o a un tipo de persona. Son las sombras humanas que todos cargamos cuando el miedo gobierna nuestras decisiones amorosas.
La pregunta no es si estos patrones existen. La pregunta es: ¿Los reconoces en ti mismo? ¿En tus relaciones pasadas? ¿En cómo amas ahora?
Porque solo cuando miramos nuestras propias sombras con honestidad, podemos elegir algo diferente. Podemos elegir la vulnerabilidad sobre la protección. La transparencia sobre el control. El amor real sobre la ilusión de seguridad.
Al final, las relaciones más profundas no son aquellas donde nunca tenemos miedo. Son aquellas donde, a pesar del miedo, elegimos la verdad.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

0 Comentarios