“...Y es que, querido diario, el problema de estos 'pecadores con descuento' es que confunden la amnesia con la absolución. Creen que, si ellos ya no sienten el peso, la carga ha dejado de existir en el mundo. No entienden ,o no quieren entender, que pedir perdón sin reparar es como chocar un auto y pretender que la abolladura se arregle simplemente diciendo que lamentaba la mala suerte del metal.
Sigo viendo a personas que atropellan almas como quien pasa un charco en hora pico: sin frenar, sin mirar, y salpicando a todo el mundo. Luego estacionan su conciencia en doble fila, se bajan, suspiran hondo y dicen “perdón”, como quien pasa un trapo húmedo por encima de una mancha de aceite y cree que el piso quedó impecable.
Son expertos en el arte del daño express. Te rompen en tres actos y un intermedio, pero regresan al final con cara de arrepentimiento premium, edición limitada. Y aquí viene lo verdaderamente shakespeariano: la autoabsolución express. Como esos lavados de autos en cinco minutos, pero para el alma. Una confesadita por aquí, dos lágrimas de cocodrilo por allá, y ¡voilà! La conciencia queda reluciente, lista para el siguiente atropello moral.
Hoy me preguntaba: ¿en qué momento el perdón dejó de ser un puente hacia el otro para convertirse en un muro para protegernos de nosotros mismos? Es el narcisismo de la redención. Ya no importa la víctima que quedó en el asfalto emocional; lo importante es que el perpetrador pueda dormir su siesta de ocho horas sin pesadillas.
Mañana volverán al escenario. Sé que los veré de nuevo, con sus trajes de 'humildad sintética' recién sacados de la tintorería del ego. Sonreirán, dirán que han 'aprendido la lección' y esperan el aplauso por su valentía de ser tan humanos. Yo, mientras tanto, seguiré aquí, guardando los recibos de la realidad. Porque si algo he aprendido en este reality show, es que la única diferencia entre un santo y un hipócrita es que el segundo siempre tiene una excusa preparada en el bolsillo pequeño del pantalón.
Que sigan repartiendo sus volantes de falsa bondad. Yo prefiero quedarme con mi cinismo intacto y la conciencia, quizás no perfumada, pero al menos real.” Yo los observo y tomo nota, querido diario, porque si la hipocresía diera puntos, esta gente ya tendría tarjeta VIP. Y yo, desde mi banca, sigo riéndome… no por alegría, sino porque el absurdo, cuando se repite tanto, termina siendo un chiste contado por alguien que jura no tener sentido del humor.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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