Late en nosotros una sabiduría antigua que nos invita a resguardar nuestras luchas, no por secreto, sino por reverencia. La verdadera entereza se templa en el silencio del alma; no es un acto de ocultamiento, sino el respeto sagrado hacia esa luz interna que requiere calma y refugio para volver a brillar con fuerza.
La vida, en su infinita generosidad, nos presenta ciclos. Como las estaciones que se suceden sin falta, también nosotros atravesamos primaveras radiantes y otoños melancólicos. Hay épocas en las que nuestra copa rebosa y otras en las que apenas contiene unas gotas. Esta danza de abundancia y escasez no define quiénes somos; simplemente describe el paisaje temporal por el que caminamos. Reconocer esto es el primer paso hacia una fe inquebrantable en la transitoriedad de toda circunstancia adversa.
Cuando guardamos nuestras luchas en el santuario del corazón, no estamos mintiendo al mundo. Estamos honrando algo mucho más profundo: la certeza de que lo que hoy nos quebranta mañana será apenas un recuerdo, una cicatriz que testimonie nuestra capacidad de sanar. Esta discreción no nace de la cobardía sino de una esperanza radical, de saber que el universo conspira a favor de quienes mantienen encendida su llama interior incluso cuando los vientos aúllan con fuerza.
Es cierto que vivimos en una época que celebra el éxito visible y se incomoda ante la vulnerabilidad ajena. Pero esta realidad no debe entristecernos sino iluminarnos. Nos recuerda que cada persona batalla sus propias sombras, y que aquellos que se alejan de quienes sufren a menudo lo hacen porque temen reconocer su propia fragilidad reflejada en el espejo del otro. No es rechazo personal; es miedo colectivo a la permanencia.
Por eso, cuando elegimos presentar al mundo nuestra mejor versión incluso en medio de la tormenta, estamos realizando un acto revolucionario de fe. Estamos declarando que confiamos en nuestra capacidad de transformación, que creemos en los amaneceres que siguen a las noches más largas. Esta no es hipocresía sino profecía autocumplida: al comportarnos como seres que ya han superado lo que aún los agobia, aceleramos el proceso de sanación.
La esperanza verdadera no espera que las circunstancias cambien para manifestarse; se planta firmemente en el presente y desde allí construye el futuro. Cuando alguien pregunta cómo estamos y respondemos con una sonrisa genuina, no negamos nuestro dolor privado. Simplemente nos negamos a permitir que ese dolor sea nuestra única identidad. Reconocemos que somos mucho más vastos que cualquier momento difícil, más eternos que cualquier crisis temporal.
Esta práctica de contención digna tiene también un efecto mágico: preserva nuestra energía vital. Cada vez que verbalizamos nuestras carencias, les otorgamos poder adicional sobre nosotros. Cada vez que nos presentamos como víctimas de nuestras circunstancias, reforzamos esa narrativa en nuestra propia psique. En cambio, al mantener nuestra lucha en el espacio sagrado de la privacidad, la procesamos con mayor claridad, sin el ruido de opiniones externas que muchas veces confunden más que iluminan.
Y llegará el día —porque siempre llega— en que miraremos hacia atrás y apenas reconoceremos a la persona que temblaba ante la incertidumbre. Ese momento de gracia confirmará lo que siempre fue verdad: que nada, absolutamente nada, permanece estático en este universo en perpetuo movimiento. Las mareas suben y bajan, las heridas cicatrizan, las oportunidades renacen donde menos se esperan.
Mientras tanto, caminar con la cabeza en alto no es arrogancia sino acto de fe. Es confiar en que dentro de nosotros existe una fuerza mayor que cualquier adversidad externa. Es saber que somos jardineros de nuestra propia vida, y que incluso en invierno, bajo la tierra aparentemente muerta, las semillas preparan su explosión primaveral.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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