Mi diario hoy



Viernes, 6 de febrero de 2026

Querido diario:

Viernes. Por fin viernes. Esa palabra mágica que en Moscú suena todavía más dulce cuando la pronuncias mientras rasas el hielo del parabrisas a las 7 de la mañana con una tarjeta de crédito ya vencida. Pero hoy, diario, hoy el viernes llegó con un regalo: la ciudad amaneció sumamente bella.

Hoy Moscú amaneció con esa belleza traicionera que solo el invierno ruso sabe fabricar: la nieve lo cubría todo con una capa tan blanca y prístina que casi logró hacerme olvidar que mis botas tienen un agujero del tamaño de mi optimismo por el rublo. Pero ahí estaba yo, como buen estoico eslavo, disfrutándola. Porque si algo nos enseña vivir aquí es que o te enamoras de la nieve o te mudas a Sochi.

El metro, ese palacio subterráneo donde la humanidad moscovita se comprime como sardinas con abrigos de plumas, me tenía preparada una sorpresa. Entre la masa de gorros de piel y bufandas hasta las cejas, reconocí una cara: ¡Dmitri! Mi viejo amigo del que no sabía nada desde que los teléfonos inteligentes se volvieron más inteligentes que nosotros y dejamos de llamarnos. Ahí estaba él, con su eterno semblante de quien acaba de entender un chiste contado hace tres años.

Charlamos durante tres estaciones completas, un récord olímpico considerando que hablar en el metro moscovita es como intentar mantener una conversación filosófica en medio de un concierto de rock. Hablamos de todo: de la vida, del trabajo, de cómo ambos seguimos fingiendo que algún día iremos al gimnasio. Quedamos en vernos la semana que viene, probablemente en algún café donde el capuchino cuesta lo mismo que mi presupuesto semanal de verduras, pero bueno, así es la amistad en 2026.

Y luego está Natasha. Ah, Natasha. No deja de escribirme, yo no dejo de escribirle a ella, y todo esto es tan espontáneo como lo puede ser el amor en la era de los mensajes con triple check azul y los stickers de gatitos. Pero es real, diario, tan real como esta nieve que brilla sobre nuestro amor (y sobre los techos, y sobre los autos mal estacionados, y sobre todo lo que no se mueve en esta ciudad).

La nieve sigue cayendo mientras escribo esto. Afuera, Moscú respira su aliento helado. Adentro, yo respiro gratitud por este día ordinario que se sintió extraordinario.

Hasta mañana, si sobrevivo al tráfico de la Tverskaya, con mucho calor humno.


Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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