Mi diario hoy


Lunes, 9 de febrero de 2026
Querido diario:

Ayer amanecí con el corazón lleno de promesas: promesas de no hacer absolutamente nada. Mi cama era un refugio, un santuario, un búnker antirresponsabilidades. Había trazado planes meticulosos para convertirme en un mueble más del apartamento, específicamente en ese sillón que nadie mueve porque "ya encontró su lugar".

Pero entonces, como un tornado vestido de inocencia de piernas criminales, irrumpió Natasha en ¨nuestro¨ cuarto.

Bueno, técnicamente no irrumpió. Es su cuarto también. Nuestro reino compartido, donde ella reina y yo finjo tener voz y voto en las decisiones importantes, como qué lado de la cama es el correcto o si realmente necesitamos otra almohada decorativa que jamás usaremos.

Entró con esa sonrisa que perfeccionó el día de nuestra boda, esa que dice "en la salud y en la enfermedad, y especialmente cuando quiero que me lleves a patinar". La reconocí al instante: era la misma expresión que usó cuando me convenció de querer un perro, de pintar la cocina de amarillo, y de aprender a bailar salsa "solo tres clases, amor".

—Llévame a patinar a las Montañas de Gorki —dijo, con la misma naturalidad con la que uno respira.

Las Montañas de Gorki. Nuestra bella ciudad moscovita las presume como una joya, yo las veo como una conspiración del hielo contra la humanidad y, más específicamente, contra los esposos que solo querían descansar. Pero ahí estaba Natasha, mi media naranja (la mitad que aparentemente tiene toda la energía), mirándome con ese cariño manipulador que juró amarme para siempre, en las buenas y en las patinadas.

¿Cómo rehusarse a tu propia esposa? Sería como intentar detener la primavera o convencer al borscht de que no necesita remolacha. El matrimonio es un contrato sagrado donde uno promete amar, honrar y decir "sí, mi amor" incluso cuando cada fibra de tu ser grita "NYET".

—Está bien —suspiré, sintiendo cómo mis planes de pereza se desintegraban como nieve bajo el sol—. Pero que quede clarísimo: yo no me voy a poner patines.

Mis huesos, esos fieles compañeros que me han acompañado fielmente a través de años y en estos 4 últimos meses de matrimonio, merecían mejor destino que terminar esparcidos por una pista de hielo como piezas de un rompecabezas humano. Yo sería el espectador, el guardián de su abrigo, el fotógrafo oficial, el esposo abnegado que observa desde la barrera con chocolate caliente en mano.

Porque en el matrimonio uno aprende ciertas verdades universales: que "solo cinco minutos" nunca son cinco minutos, que "no tardaré nada" significa mínimo una hora, y que cuando tu esposa quiere ir a patinar, irás a patinar. Tú solo decides si con patines o con dignidad.

Yo elegí la dignidad. Mis pies permanecerían firmemente plantados en tierra firme, protegiendo lo único que el matrimonio me había dejado intacto: mi orgullo vertical.

Así fue como mi día de descanso absoluto se transformó en una expedición ártica, cortesía de mi amada esposa y su habilidad sobrenatural para convertir un "no" en un "claro que sí, mi amor".

La próxima vez que piense en descansar, recordaré que casarse significa que tus planes son ¨nuestros¨ planes, y nuestros planes son ¨sus¨ planes.

Pero la amo. Incluso cuando destruye mis domingos.

Especialmente entonces.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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